Carlos Carome
Sea lo que sea lo que pretendas construir, necesitas dos tipos de participantes, más allá de la materia prima: manos y cabezas.

Siempre hacen falta ejecutores, que reciban órdenes claras y precisas y construyan con eficiencia, rigor y calidad. Visibilidad reducida, responsabilidad limitada y encantados con la rutina y enfrentar algo que ya habían hecho antes.

Pero antes de que toda esta gente empiece a producir hacen falta cabezas. Cabezas que analicen el problema, que lo descompongan, que busquen soluciones, que inventen alternativas, que sepan identificar las virtudes de cada mano, que asignen tareas bien definidas, y que después organicen la construcción del mecano con las piezas.

Puedes tener miles de manos bien formadas y motivadas, pero como no tengas las cabezas imprescindibles para organizar el trabajo, o peor aún, como cometas el error de ponerle una gorra a una mano que sólo puede llevar guantes, estás perdido.

Aplicadlo a lo que queráis. Empresa, sociedad, gobierno, etc. Necesitamos líderes, creativos, innovadores, motivados. Mano de obra siempre sobra, y si falta, es que nos va muy bien.

La mayor parte de la gente está simplemente esperando instrucciones. Y después, simplemente se defenderá para salir lo mejor parado posible. Encontremos a alguien que esté convencido de lo que dice, que entienda de lo que habla, que tenga ganas de hacerlo y esté dispuesto a defenderlo.


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Carlos Carome
Uno de los males que sufrimos en las últimas décadas es la especulación sin límite. Sobre un bien tangible, algo con valor y que fácilmente se puede asignar en propiedad a una persona, se especula hasta el infinito.

La empresas tienen un valor real, en materias primas, instalaciones, maquinaria, personal cualificado, ... y un valor potencial, contratos, posición en el mercado, marca, capacidad de innovación...

Los "mercados" suman los valores tangibles y los intangibles y especulan sobre su verdadero valor, apostando sobre si les irá bien o no en la situación global actual.  Lo mismo se hace con los países, más o menos con la archiconocida deuda actual.

Sobre este nivel de especulación están los que apuestan si el valor que se les asigna es correcto o no,y qué va a pasar con él. Estos, apuestan sobre otros. Los derechos se compran con condiciones de futuro sobre lo que se cree que va a valer.

Lo mismo pasa con los bienes inmobiliarios. Una casa vale lo que vale el terreno y su material. Pero también vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella, en función de su situación y el momento del mercado. Eso vuelve a hacer encarecer el suelo, y la siguiente construida de partida ya es más cara por la especulación sobre los materiales de partida. Y así todo.

Y al final pasa lo que pasa. Construyendo "valores ficticios" sobre una débil y única base real puede provocar que uno de ellos caiga o lo hagan todos, si el que cae es el de más abajo, el bien real, si éste pierde su significado "teórico". Ya lo conocéis, como lo explica Aleix aquí: http://youtu.be/N7P2ExRF3GQ

Hagamos el mismo análisis para la religión. Supongamos que existe Dios, que es un ser con una supremacía tal que es capaz de provocar la existencia. De acuerdo. Esta es la base. "Hay algo". Claramente no somos seres perfectos, si no únicamente los más evolucionados dentro de este planeta. De la misma manera que otros animales no pueden tener conciencia del significado de la existencia de ciertas cosas, nosotros tenemos un límite en nuestro entendimiento. Lo que creemos conocer o entender puede ser solo una minúscula parte de la realidad. No damos para más. Este ser, estaría muy lejos de nuestro entendimiento, al ser el ser único y total.

Pero supongamos que es un ser bueno. Supongamos que se preocupa por nosotros, pero que nos deja hacer a nuestro libre albedrío ¿Un juego?. Supongamos que un día aparece un humano en la Tierra que dicta una serie de normales morales y de convivencia, y asegura que  esas leyes vienen dictadas por ese ser superior. Supongamos que además, según sus palabras, el ser no es tan bueno, si no que castiga al que no siga esas normas. Además, hay que rendirle pleitesía constantemente y suplicarle favores.

Supongamos que todo esto lo escriben un grupo de personas en una serie de libros, que sufren multitud de variaciones y se elige una de ellas como la válida.

Creemos ahora toda una organización para, supuestamente, difundir este código moral, pero también para asegurarse de que todo eso se cumple. Necesitamos un montón de personas para formar parte de esta organización, por lo que atribuimos a estas personas la capacidad de interpretar lo que ese ser dice que es bueno y malo, y no solo eso, si no que además les damos autoridad para decidir a quién el ser perdona y a quien no.

A partir de ese momento, creemos que para ser buena persona solo se puede ser si se sigue estas normas. Los que incumplen alguna los llamamos pecadores, y ya no son de fiar, solo si se arrepienten.

Especulación. Puede ser que falle uno de los eslabones del razonamiento. El último. Todos estos que tienen autoridad para entender lo que el ser dice que está bien o está mal son unos impostores, o les han lavado el cerebro. Ok, simplemente esta religión no es la verdadera.

Pero si lo que falla es un punto anterior, el invento se puede desmoronar por si solo. Crisis mundial. Nada es cierto. O no somos capaces de entender a ese ser. O nuestra posición en el mundo es otra, no el centro absoluto.

La fe. Esa gran palabra. No pienses más, esto es así. Me recuerda tantos otros ejemplos en la vida en el que te dicen algo así.

Bueno, allá vosotros, dónde queréis poner vuestro futuro.
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Carlos Carome
Rara vez comento por aquí los libros que leo. Muchos son conocidos y no tengo mucho más que aportar, otros no dejan una impresión digna de ser comentada y otros simplemente se olvidan al empezar el siguiente.

Acabo de terminar uno que me ha impresionado. Fue un regalo, mayor impresión aún por el desconocimiento previo de la autora y del libro en sí.

Es "El chico de ojos azules", de Joanne Harris. Antes de que nadie se lleve a engaño, es una autor inglesa de Best sellers.



No es un clásico. Su predecesor en mi secuencia lectora fue Javier Marías, por lo que no osaré en hablar de prosa excelsa ni capacidad narrativa excelente.

Lo que más me ha sorprendido es su complejidad. La historia es sofisticada, oscura, violenta, pero cada vez más. Me resulta imposible imaginar a alguien planificando narrar algo así sin un mapa temporal en una pared.

Es brillante, rebuscado, cruel, con mucho ritmo, terriblemente adictivo. Leyendo sus últimos capítulos esta mañana ha sonado Spoonman, de Soundgarden.

Definitivamente este libro es un Spoonman escrito.



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