Carlos Carome
A ti que entras en mi casa a escondidas
A ti que revuelves mis cosas sin permiso
Tú que quieres lo que yo tengo 
Tú que destrozas lo que gané.

Quizás crees que te irá bien en la vida
Cogiendo lo de los demás para tu beneficio

Quizás pensarás que eres un tipo valiente
Alguien a quien la gente envidia por su dureza
Crees que haces lo que los demás piensan y no hacen
Puede que hasta justifiques tus actos

Que sepas que has tenido suerte
Y seguramente la volverás a tener
Pero un día la casualidad se volverá contra ti
Y tus cálculos fallarán por segundos

La luz apagada esconderá una sorpresa
Y tu aventura terminará
Perderás lo único que tienes
Y eso es tu libertad.


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Carlos Carome
Aquellos que hablar sin pensar, aquellos que repiten sin crear, aquellos que se quedan en lo mínimo, aquellos que ponen mucho por fuera y poco por dentro, aquellos montones de carne con poca ropa, aquellos que no insinúan, aquellos que no sueñan, aquellos que no planean, aquellos que no desean, aquellos que cotillean, aquellos que no ven lo positivo, aquellos que repiten lo negativo, aquellos que remueven la mierda, aquellos que viven de la mierda ajena, aquellos que no investigan el por qué, aquellos que no piensan en ti ni tan siquiera después de en si mismos, aquellos que dicen pero no hacen, aquellos que dicen lo que tú haces, aquellos que quieren pasar primero, aquellos que no saben qué te gusta, aquellos que escuchan a música, aquellos que no miran a los lados, aquellos que no te respetan, aquellos que no conviven, aquellos no callan, aquellos que faltan, aquellos que atacan, aquellos que no te defienden, aquellos que odian, aquellos que matan, aquellos que roban ilusiones, aquellos que no tienen objetivos, aquellos que no miran adelante, aquellos que agreden, aquellos que no toleran, aquellos que manipulan, aquellos que mienten, ... muchos más.

Todos vosotros no tenéis ya sitio conmigo. Esa puerta está cerrada.

Más sitio para el resto.
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Carlos Carome
De nuevo me vuelven las ganas de encontrar un sitio desde donde saltar. Vuelve la reflexión sobre si elegir distancia o altitud. Se agotó la motivación, desaparecieron los retos, se agotaron las novedades. Comienzo a reconocer por tercera vez esa parte del círculo que comencé a dibujar hace tiempo y la desesperación añade peso a mis pies.

Los alicientes se han desintegrado y no son ya suficientes. Las fieras no rugen desde hace tiempo y el circo va perdiendo espectadores, porque los números se repiten cada vez con menos ilusión.

Nada nuevo que ver, todo previsible, todo igual, y así parece que seguirá.

Poco queda entonces por hacer aquí y mucha que descubrir.

Distancia y altitud. Esa es la combinación óptima. Una buena carrerilla para coger impulso es esencial. Preparémonos para el salto.


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Carlos Carome
Tú eres como yo, impaciente.

Desconoces como funciona la mente humana, pero yo observo como lo hace la tuya perruna. Cuando ves que nos preparamos para salir, cuando empiezo a preparar algo de comer especial para darte, cuando ves a un amigo perruno a lo lejos en el parque... tu cola se mueve con velocidad, haces caso a la orden de estar sentado, pero tu culo no consigue aguantar más de tres segundos posado, levantas una pata... repitiendo la orden, te centras y sabes que debes esperar. Estás seguro de que recibirás lo que estás deseando, y el tiempo se te hace eterno. Si juego contigo demasiado, ladras y aúllas, como diciendo: "¡No me toques los cojones y dámelo ya!"

Los humanos somos parecidos. Somos impacientes sobretodo cuando es otro el que tiene que darnos las cosas. No entendemos por qué no lo hace cuanto antes, si sabe que estamos esperando. Los hay verdaderamente extremos, de esos que tocan el claxon antes de que pase un solo segundo después de encenderse la luz verde del semáforo. Y los hay absolutamente despreocupados por si hay alguien esperando o perdiendo el tiempo por ellos. También ladramos y aullamos, a nuestra manera.

Sólo conseguimos ser pacientes a medio y largo plazo. Cuando sabemos que las cosas llevan sus pasos, sus trámites y nos preocupamos de cumplirlos. Cuando algo está regido por la lógica y no por la voluntad de otro, conseguimos aceptar la espera.

Pero supongo que en tu caso es igual. Vas aprendiendo que hasta que a mi no me de la gana levantarme de la cama no vas a salir a la calle, y cada vez aguantas más sin darme la paliza los domingos por la mañana.

¿Te estarás humanizando? Ni se te ocurra.
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