Carlos Carome
Este era un hombre con una familia normal y un trabajo normal. Un día empezó a escuchar que todo estaba fatal y que iba a ir a peor, aunque su vida seguía exactamente igual.

De tanto oírlo, empezó a creérselo, y, a pesar de que sus ingresos eran los mismos, más que suficientes, y nunca había pasado penurias ni nada indicaba que las fuese a pasar, se obsesionó con la idea de que tarde o temprano lo perdería todo.

Decidió recortar sus gastos. Empezó por la calefacción, después por la ropa, dejó de usar el coche, restringió el uso de aparatos eléctricos, el gas para cocinar, limitó el consumo de agua y el gasto en productos de limpieza.

Cuando sus hijos enfermaron y él no entró en razón, su mujer se fue con ellos de casa. El también enfermó, pero en lugar de comprar medicamentos dejó que su cuerpo luchase contra la enfermedad. Empezó a faltar al trabajo, porque no estaba en condiciones físicas la mayor parte de los días. Toda su vida empeoró, hasta que le echaron del trabajo, por despido procedente.

Entonces no tuvo más remedio que empezar a gastar el dinero que tenía ahorrado, poco a poco, hasta que éste también se acabó. Acabó muerto en el suelo de su casa helada y sucia, a oscuras, solo y medio desnudo.

Moraleja: ahorrar en las cosas que en realidad te mantienen con vida, no es otra cosa que suicidarse ahogándote con tus propias manos.


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