Carlos Carome
Aquella ciudad estaba totalmente controlada por su alcalde. Manejaba todos sus accesos, y cuando un visitante o forastero quería recorrerla, debía avisar con antelación, y su estancia era planificada y guiada por personal que trabajaba exclusivamente para su gobierno.

Todo el mundo salía encantado de esas visitas. Veía exactamente su ciudad ideal. Aunque cada uno la suya.

Los encargados de controlar los itinerarios analizaban al detalle el perfil del forastero. Sus gustos, sus creencias, su ideología... y diseñaban un grupo en el que introducirle, mitad visitantes reales, mitad actores, y el trayecto que todos ellos debían seguir.

La ciudad disponía de todas las variedades posibles de edificios, instalaciones, parques, barrios... y en función de los miembros de cada grupo, eran conducidos por un camino u otro para que lograsen ver todo aquello que les impresionaría, y evitasen las alternativas que se estimaba no les harían gracia.

Si la persona era amante de la naturaleza, la tranquilidad y el descanso, se hartaba de ver parques, ríos y amplias explanadas pobladas de flores. Si, en cambio, le fascinaban las urbes modernas con grandes edificios y museos de diseño arriesgado, su viaje se convertía en una demostración de arquitectura de vanguardia y lujo.

De esta manera lograron su objetivo, incrementar el número de visitantes, las referencias en las guías de viajes y su selección como ciudad olímpica.

Pero el control férreo que establecían sobre su imagen al exterior se volvió impracticable cuando el volumen de visitantes se disparó. Comenzaron a escaparse de los hoteles para buscar rutas alternativas, y descubrieron fachadas de cartón piedra, árboles de plástico y muñecos que simulaban familias felices.

La ciudad se desmoronó en cuestión de semanas y su gobernantes cayeron en la más absoluta miseria y desprecio.

Tardó mucho en regenerarse como hogar para sus habitantes, pero con esfuerzo y tesón cambió su odiado anterior nombre,"Imagen", por otro mucho más terrenal, "Realidad".
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