Carlos Carome
Vamos con la metáfora, para no ser del todo explícitos.

La construcción del edificio ha empezado. Tenemos planos, no muy precisos, casi hechos a mano alzada, pero al menos un diseño de qué queremos. Tenemos el presupuesto basado en ese borrador de idea.

Aún nos falta lo básico: material para los cimientos y la estructura, y un montón de ladrillos. Aún así hemos conseguido hacer el agujero. Ya podemos empezar a rellenar.

Llega el material para reforzar la estructura, hacer el encofrado. Algunas piezas no están en buen estado, parece que van a fallar en seguida cuando se les someta a presión. Otras no está nada claro de para qué pueden servir, y algunas son incompatibles entre sí.

El arquitecto se queja de que no ve avances, y el aparejador no sabe por dónde empezar.

Empiezan a oírse voces criticando que es un proyecto imposible, mientras otros dicen que no tengamos tanta prisa, que estas cosas nunca se inauguran a tiempo, lo importante es que no se pierda dinero.

Parece que todo es un caos y cada uno va a empezar a construir, tarde o temprano, un edificio diferente.

Aún hay una persona que mira los planos todos los días y marca en rojo lo que no está bien, a pesar de que todos tienen copia de lo que hay que hacer.

Esa persona aún tiene el resultado final en la imaginación, cuando lo pintó. Con unos o con otros lo construirá, y lo dejará en legado, y pasará a verlo de vez en cuando.

Pero sabe que solo no va a poder levantarlo. Seleccionar y descartar, es la única manera. Aún hay muchos que buscar, y otros tantos que reemplazar para que esto empiece a dar sombra...
votar