El otro día me quedé bastante estupefacto al ir a comer a un Gino's (para los que no lo conozcan, una cadena de restaurantes de comida estilo italiano que en Madrid se puede encontrar por todos lados).
Cuando nos sentamos en nuestra mesa, entre las cartas que cada uno teníamos, vimos el siguiente aparato.
Los dibujos de los botoncitos eran claros, pero aún así le preguntamos al camarero. Nos explicó que con esos botones, podíamos llamarle e incluso pedir la cuenta.
Nos quedamos comentando la jugada, y recordé el aparato que les pusieron a los árbitros de fútbol que vibraba cuando los asistentes pulsaban un botón.
A la siguiente que pasó el camarero le pregunté que cómo sabía él que mesa le llamaba. Nos enseñó que llevaba un reloj estilo pulsera que vibraba cuando le llamaban y en la gran pantalla aparecía el número de la mesa y si pedían la cuenta...
Ya me imaginé yo a los adolescentes vacilones puteando al camarero pulsando los botoncitos, intercambiando los aparatos de mesa, o incluso llevándoselo al otro lado del centro comercial para ver si desde allí funcionaba...
Me alegro de que mi imaginación pícara aún funcione. Pero eso sí, pobre camarero, muy simpático por cierto.
llegas por la mañana ya con mil cosas en la cabeza. Conduces rápido para llegar un poco antes y que te de tiempo a adelantar algo antes de la primera reunión.
Cuando estás a punto de empezar, alguien entra en tu despacho y te empieza a preguntar cosas que ya debería saber. Te sientas, abres los documentos. Suena el teléfono. Sí, puedo ir un momento. El momento se convierte en dos horas ¿por qué estamos hablando de esto otra vez, estabais todos delante cuando se discutió?
Vuelves a tu sitio. Media mañana perdida. ¿Dónde está la última copia de lo que necesito? Alguien ha estado trabajando el local. Parece que no ha copiado la última versión, o peor aún, la ha estropeado. Sales en su busca. No está en su sitio. Preguntas. Te lían para otra reunión.
Al final comes tarde y con prisas.
Te vuelves a sentar en tu mesa. Miras el correo. Cuarenta en una mañana. Seleccionas los que se han molestado en poner un título interesante. Qué lento es este ordenador.
El teléfono otra vez, No puedo, estoy muy liado. Es sólo un momento. Vale. Es en el otro lado del edificio. Otro momento de dos horas. Repitiendo.
Vuelves a tu puesto. Se ha hecho tarde. Los que tenían que entregarte algo ya no están, y no tienes nada en la bandeja de entrada. Tu parte está sin hacer. ¿Te quedas o te lo llevas a casa?
.......
Esa sensación. En el pecho. De nuevo. La recuerdas perfectamente. Aquel día cambiaron muchas cosas. El médico te dijo que el problema lo estabas generando tú, no había nada físico. Después de ese momento, sufriste el peor año de tú vida. Todo se vino abajo.
Ahora, estás cerca. Es momento de parar.
Respira.
...y cuando me bajo del coche, y veo el parking de la Casa Verde prácticamente vacío.... me pregunto una vez más....
¿Qué coño hago yo aquí?
PD: Me acabo de enterar de que es fiesta en Getafe, aunque a mi me da igual.
Si ya la gente que carece de personalidad suele estar de más, acoplándose a lo que haga la gente y sin aportar nada a este mundo, nada por lo que merezcan tener más inteligencia que la necesaria para las tareas mecánicas e intuitivas, últimamente sufro los efectos de una particularización de este caso en mis propias carnes.
El directivo sin personalidad.
Es aquél que nunca ha tomado una decisión por sí mismo, y que simplemente transmite los deseos de otro, asigna personas para que se coman los marrones, y no es capaz de definir una estrategia para nada que la empresa deba afrontar.
Se limita simplemente a decir sí a su cliente o superior, a enviar un correo para asignar a alguien en una tarea engorrosa (además es cobarde y no lo hace cara a cara), y a volver a sentarse en su sitio a rascarse la barriga.
Eso sí, cuando todo salga bien, habrá sido gracias a su impecable gestión. La misma que la del mono ese que en no se cuánto tiempo escribiría una obra de Shakespeare.
PD: Sí, estoy quemado de decisiones absurdas.