Carlos Carome
Fue ayer, un día en el que anunciaron que las temperaturas serían algo menos sofocantes, cuando decidí coger a la vieja Arashi y lanzarme a recorrer esas carreteras por las que antiguamente me pasaba los fines de semana.

Son algo menos de 150 kilómetros de ruta, pasando por las carreteras divertidas más cercanas a la capital. Un día de diario por la mañana, sin apenas tráfico, notando como los grados van disminuyendo según ganas altitud.

Gran sorpresa al encontrarme algunas carreteras recién asfaltadas, que animaban a darle al puño más de lo aconsejado para ir en manga corta, y que se agradecen cuando buscas complicidad con el asfalto.

Me alegró ver el Embalse de Pedrezuela a un buen nivel, y me quedé hipnotizado al ver como un gran helicóptero de dos hélices del ejército bailaba con increíble destreza mientras realizaba maniobras de prácticas sobre su superficie.

Me vinieron recuerdos de otros tiempos por esas carreteras, escenas de plazas plagadas de motos y bares plagados de moteros. Me sobresalté de nuevo al encontrarme gravilla al doblar una curva. Aceleré en segundos para adelantar a esos coches que pelean con las curvas, en lugar  de integrarse en ellas. Comprobé de nuevo la majestuosidad del puente del AVE a Valladolid. Saludé a los moteros que se cruzaron en mi camino.

Volví a una ruta que fue determinante en mi vida años atrás, y sentí cosas que hacía tiempo que no vivía. Me vino bien, muy bien, y aunque yo haya cambiado y me haya alejado ligeramente de esas carreteras, se siento capaz de volver a disfrutarlas como tantas veces aunque no sea de los que hacen los mejores tiempos en El Jarama
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1 Response
  1. Abril Says:

    Viene bien volver a dejarse llevar y disfrutar.

    ;)