Carlos Carome
llegas por la mañana ya con mil cosas en la cabeza. Conduces rápido para llegar un poco antes y que te de tiempo a adelantar algo antes de la primera reunión.

Cuando estás a punto de empezar, alguien entra en tu despacho y te empieza a preguntar cosas que ya debería saber. Te sientas, abres los documentos. Suena el teléfono. Sí, puedo ir un momento. El momento se convierte en dos horas ¿por qué estamos hablando de esto otra vez, estabais todos delante cuando se discutió?

Vuelves a tu sitio. Media mañana perdida. ¿Dónde está la última copia de lo que necesito? Alguien ha estado trabajando el local. Parece que no ha copiado la última versión, o peor aún, la ha estropeado. Sales en su busca. No está en su sitio. Preguntas. Te lían para otra reunión.

Al final comes tarde y con prisas.

Te vuelves a sentar en tu mesa. Miras el correo. Cuarenta en una mañana. Seleccionas los que se han molestado en poner un título interesante. Qué lento es este ordenador.

El teléfono otra vez, No puedo, estoy muy liado. Es sólo un momento. Vale. Es en el otro lado del edificio. Otro momento de dos horas. Repitiendo.

Vuelves a tu puesto. Se ha hecho tarde. Los que tenían que entregarte algo ya no están, y no tienes nada en la bandeja de entrada. Tu parte está sin hacer. ¿Te quedas o te lo llevas a casa?





.......



Esa sensación. En el pecho. De nuevo. La recuerdas perfectamente. Aquel día cambiaron muchas cosas. El médico te dijo que el problema lo estabas generando tú, no había nada físico. Después de ese momento, sufriste el peor año de tú vida. Todo se vino abajo.

Ahora, estás cerca. Es momento de parar.

Respira.

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