Carlos Carome
Se le puede ver prácticamente a diario apostado en la única salida del lugar. Vigila desde lejos a la gente que se dirige hacia sus coches, y modifica su posición para que encontrárselo sea inevitable.

La mirada inocente, como ese perrillo que te pide una galleta por compasión, como si no acceder a su súplica supusiese su muerte por inanición.

Se ven rodeos, salidas quemando rueda, conducción temeraria mirando a otro lado y un sin fin de maniobras para evitar tener que dar una explicación verbal.


Los que no pueden impedir detenerse, para no ser acusados de atropello, intentan buscar la excusa perfecta, pero cualquier destino le viene bien, eso sí, el primer día, luego pide que se busque algo mejor.

El autoestopista, busca, localiza, centra su objetivo, y si erra el tiro, reorienta su localizador.

La noche es su medio, se oculta para ganar la sorpresa. Sólo si el día ha sido ligero y puede unirse a la manada para su vuelta, podrás salir tranquilo en dirección a tu casa. Pero si ha perdido el rastro de la puntualidad y los suyos lo han abandonado a su merced, ¡estate atento, o te atrapará sin remedio!
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