Carlos Carome
Pereza, mucha pereza me dan los trámites, sean del tipo que sea.

Quizás me he mal acostumbrado. Ya hago operaciones bancarias por internet, compro billetes de avión, aparatos electrónicos, reservo hoteles, etc...

Y el tener que tratar ahora con formularios, ventanillas, fotocopias de carnets y temas parecidos me parece algo arcaico y totalmente sin sentido. Hace poco descubrí encantado como en tráfico habían suprimido la necesidad de entregar fotocopias del DNI o el carnet de conducir, para solicitar el carnet internacional. Simplemente, escanean ellos el original en el momento.

No soy capaz de imaginarme carpetas con solicitudes, archivos con historiales, montones de fichas con fotografías...

En serio ¿alguien todavía cree todo eso es necesario?


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Carlos Carome
Los detractores de la comunicación entre personas por Internet siempre alegan que el verdadero contacto es el que se establece cara a cara, y que sustituirlo por algo tan limitado e impersonal como un teclado y un ratón no puede ser bueno para el lado social de los humanos.

Pues bueno, como en todo, soy contrario al blanco y el negro, los extremismos, el todo o nada.


Por supuesto que el imaginarse a alguien recluido en su habitación las 24 horas del día relacionándose a través de internet exclusivamente y sin ver la luz del sol es una aberración. No creo que haya mucha gente en el mundo que base sus relaciones interpersonales exclusivamente en internet, y si lo hay, antes de que existiese internet ya tenía problemas graves, estoy seguro.

Internet es un mecanismo más. Siempre lo comparo a la invención del teléfono. Se nos hace ridículo pensar ahora que alguien critique el uso del teléfono para comunicarse con otra persona, en lugar de intentar verse en persona. Es un añadido, un complemento, cuando no existe esa posibilidad de verse en persona en un momento dado, pero sí comunicarse por otro camino. Recuerdo que muchos medios de comunicación destacaban hace algunos años que los terroristas usaban internet para comunicarse entre ellos, y escuchar a mis padres deducir a partir de ahí que habría que limitar internet... vamos, desconectar el teléfono por si alguien lo usa para quedar para matar...


Volviendo a mi caso en particular, a través de internet he conocido ha muchísima gente, y de las más importantes en mi vida de hecho, y quizás, me ayudó a romper mi carácter cerrado e introvertido (en parte).

Además, últimamente estoy viviendo otro de los efectos de las redes sociales, el reencontrarse con gente de la que habías perdido la pista hace años, muchos años. En mi caso la mayor parte de ellos se quedaron en Valladolid cuando yo me fui, y poco a poco nos vamos viendo en el mundo virtual. La última esta semana, y no sabéis la alegría que me ha dado ver su nombre escrito en una pantalla de ordenador y poder teclear letras durante horas, con el único objeto de vernos el mes que viene.

Para esos detractores de la comunicación por La Red, quizás hayáis tenido la suerte de mantener vuestro círculo cercano en los últimos 15 o 20 años, quizás no necesitéis teléfonos o correos electrónicos para seguir conectados a la gente que ha formado parte de vuestra vida, pero a los que somos de culo inquieto y nos gusta movernos por el mundo, este invento nos viene de maravilla.
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Carlos Carome
Nuestro primer concierto en la inauguración de FotoImaginaria 09













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Carlos Carome
Un día lo descubres, y lo idealizas.

Otro día, con alguien cercano, comentas: "Si pudiese tener cualquiera, tendría ése"

Al final, tu ambición y autoconfianza te hace afirmar: "Un día tendre uno como ése"

Y un día, de casualidad, te lo empiezas a plantear, investigas, haces números, y parece menos complicado que cuando sólo soñabas con ello.

Y al final, cuando menos te lo esperas, gritas:


Ya es mío





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Carlos Carome
Cuando se esperan cambios, estos llegan de la manera más inesperada. Todo el mundo estaba esperando la consecución de un evento que se ha retrasado años, y que problemente cumplirá el último anuncio hecho de una fecha definitiva, después de haber incumplido otro puñado de ellos durante los últimos tiempos.

Esto supuestamente era bueno, una buena noticia pero que todo el mundo sabía que debería aprovecharse para sanear una estructura que no terminaba de funcionar, y lo que es peor, daba señales de estar absolutamente agotada.

Pero salta la sorpresa, el notición, y aunque algunos ya sabían algo, sucede algo inesperado que puede mover bastantes sillas. Y comienzan las especulaciones. Como sucedió con el fichaje de Alonso por Ferrari, ahora comienzan las apuestas, los candidatos y todo ello llevará a una reacción en cadena, que ahora se antoja a destiempo.

A destiempo porque puede hacerse por necesidad de llenar huecos, sin estrategia, de nuevo, y simplemente "colocando al que hay", como de costumbre, cuando se avecina un momento crítico en la vida de la casa verde que puede marcar el futuro en los próximos diez años de los que allí echamos las horas.

¿Se cambiará la orientación seguida hasta ahora? ¿Se resentirá el empuje hacia el exterior? ¿Perderemos modernidad, la poca que teníamos?

Quién sabe. Lo que si está claro es que, llevado al tema individual, esto va a suponer para muchos la pérdida de una referencia, y para otros, un liderazgo claro y el tener al menos una idea, que pueda guiar a todos aquellos que se comportan como miembros de un rebaño que es capaz de seguir a un suicida en sus últimos segundos de existencia.


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Carlos Carome
Como suena, cura y ateo.

Una persona encargada de predicar la palabra del señor, de conducir al rebaño por el buen camino y de mantener la moral desde su púlpito, en realidad no cree en nada de lo que dice, ni tan siquiera en la máxima de su discurso, la existencia de Dios.


De hecho tampoco acostumbra a predicar mucho su palabra entre los feligreses, si no que simplemente les aconseja que salven su culo antes de nada, y que no miren hacia atrás cuando salgan corriendo de una tienda sin pagar.

Eso sí, forma parte de la conferencia episcopal y dirige los temas religiosos y la estrategia de la iglesia en su comunidad, dando consignas sobre cuál debe ser el camino a tomar para una mejor comunión entre feligreses y obispos.

Pero después, en la distancia corta, cuando nos son tan altas las personalidades con las que comparte mesa, o cuando imparte su doctrina al humilde ciudadano, su discurso se torna oscuro y pesimista, y procura borrar cualquier mínimo rastro de esperanza o devoción en cada humilde alma, intentando que la masa se convierta en algo gris y espeso que se conforme con una existencia triste y pueril, para que no le compliquen la vida más de lo que ya hicieron.
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Carlos Carome
Jefe: Dícese de aquella persona que aparece exclusivamente cuando le han dicho que las cosas van mal, y que, cuando van bien, no tiene nada que decir ni que ver con ello.


Se le puede reconocer por su pose distinguida y distante con respecto al resto del personal. Normalmente es incapaz de poner caras a los nombres de parte de sus propios empleados, y una de sus principales características es la de dar una solución en dos segundos a un problema que se le relata durante más de media hora, aunque la mayor parte de las soluciones express generen un número ilimitado de problemas más graves que el anterior.

Se suelen pasear por los pasillos y despachos una vez superada la hora de salida de la jornada laboral, identificando empleados (aunque no sus nombres) que se mantienen en sus puestos, y marcando con cruces negras las caras (que no sus nombres) de los que ya están con sus familias, como firmaron en sus contratos.

Acostumbran a llamar a las personas "recursos", y sus planes para superar las crisis suelen basarse en la técnica Excell, "menos gente, menos gastos, y producimos lo mismo", llamada así porque en realidad no se necesita a un ser humano con sueldo de jefe para ese tipo de análisis complejo y toma de decisiones trascendentales.
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Carlos Carome
Si hay algo complicado para lo que se tiene que demostrar actitud en la vida, es para avanzar en determinadas situaciones en las que no queda más remedio que hacerlo a ciegas, con confianza, sin tener claro que nos espera unos metros más adelante.


Como un conductor solitario en la noche que de repente se ve envuelto por una niebla espesa que no le deja adivinar si el asfalto seguirá allí delante en los próximos segundos, nos encontramos muchas veces ante tal situación en nuestra carretera particular: se confía en que todo transcurrirá según sería normal que suceda, según hemos pensado que es lógico, según deseamos que pase, pero no hay nada que nos asegure que no hay un socavón delante de nosotros, que nos trague y eche por tierra todos nuestros planes e ilusiones.

Es en esos momentos en los que hay que tener esa fuerza de voluntad que hace lograr que los retos a largo o medio plazo puedan alcanzarse. Cuando las montañas a escalar parecen mucho más altas de lo previsto, y los barrancos a saltar se ven claramente mucho más profundos y mortíferos, es la confianza en la voluntad propia y en lo que debe ser lo único que nos impulsa a tomar unos pasos de impulso y ponernos manos a la obra.

Pero nunca hay que confundirse e intentar saltar con los ojos cerrados, para evitar el miedo. Al contrario, la clave del proceso es hacerlo con todos los sentidos alerta, de manera que sepamos reaccionar a los imprevistos del camino a tiempo y, si la cosa al final no funciona, haber aprendido lo suficiente para la siguiente vez que se intente.
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Carlos Carome
El protagonista de la película de terror, después de correr precipitadamente de manera descontrolada, tropezando varias veces, y estando a punto de ser alcanzado por los muertos vivientes en más de una ocasión, se condena a sí mismo en una cabaña abandonada en medio de la oscuridad del bosque, y utiliza cualquier mueble que encuentra a mano para bloquear puertas y ventanas de manera rudimentaria. A su lado, había corrido su novia, confiando en que él sabría encontrar el camino que les permitiese escapar, o un refugio seguro donde esperar ayuda.


Temblando, nervioso, se giraba de manera convulsiva en todas las direcciones intentando controlar todos los ángulos de su frágil escondite. Ella, agachada a su lado, se tapaba la cabeza con sus brazos intentando controlar su pánico.

De repente, comienzan a golpear las paredes, las puertas y las ventanas, haciendo ceder las patéticas barreras y asomando brazos y piernas entre las grietas.

El asustado protagonista comienza a disparar su escopeta sin control, en todas direcciones, alcanzando tanto a zombies como a policías y vecinos que ya acuden a su socorro...

Minutos después, ningún monstruo de los que le perseguían quedaba en pie, pero él seguía disparando a todo lo que se movía. Cegado ya por su histeria, era incapaz de escuchar a los policías que por medio de megáfonos le exigían que bajase el arma. Su novia, a su lado, le suplicaba que parase, que todo había terminado, que podrían salir de allí. Pero él gritaba que no le cogerían vivo.

Un final terrible se avecinaba.

Segundos después, cuando las voces se callaron en el exterior, ella se asomó tímidamente por una de las ventanas. No se veía a nadie, todo estaba tremendamente tranquilo. Había cadáveres por todos lados. Le pareció ver varios cuerpos con uniforme tumbados en el suelo, más alejados de la casa de los que reconoció como los muertos vivientes de los que huían.

Se volvió de nuevo hacia su pareja. Vio esa cara desencajada, la escopeta humeante y los ojos de loco y supuso lo que iba a pasar a los pocos segundos...


Cuando vio la marca de la mirilla láser en la frente del que había sido su novio hasta ese momento, retrocedió, se alejó de él todo lo que pudo, y se tapó los oídos esperando el desenlace...
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