Carlos Carome
La bestia ronda mi casa, me persigue, me hipnotiza. Desde que nuestras miradas se cruzaron fugazmente la primera vez no me la quito de la cabeza.

Su cuerpo negro y musculoso, su mirada agresiva y desafiante, aparecen continuamente en mis sueños.

Cada vez que salgo a la calle lo busco entre los coches, por si se encontrase escondido mirándome, vigilándome, esperando para entrar en mi casa y no salir nunca más.

Si logra entrar, habrá sangre, bajas, alguno caerá. No habrá alternativa, la lucha será muy injusta y el vencedor está decidido de antemano.

No sé si podré impedir que entre. Tiene mucho terreno ganado, y todo este tiempo que he estado fuera, ha hecho que su presencia en mi entorno fuese más manifiesta.

La bestia me ronda, la bestia quiere entrar en mi casa...


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Carlos Carome
Estás metido en algo grande, la vida. Miles de actores pasarán por el escenario, otros miles tienen diálogo contigo.

No has tenido que comprar tu entrada, alguien te la metió en el bolsillo y te dejó en la puerta del teatro. Siempre puedes salir, está claro, aunque te será difícil alcanzar la puerta. Algunos lo  hicieron, dejaron de ser espectadores y protagonistas por propia voluntad.


Pero una cosa está clara: no puedes adivinar nunca qué pasará en el siguiente acto, cuántos actores faltan por salir y si lo que viene a continuación será comedia o de nuevo drama. Eso tenlo muy claro: el género de esta obra de la que tú formas parte no es algo definido. No te empeñes en que sea así.

Te recomiendo acomodarte en la butaca, presentarte a tus compañeros de asiento, y charlar con ellos durante las pausas. Descubrirás nuevas razones por las que seguir allí sentado.

Y el resto del tiempo, presta atención. No siempre mires al actor protagonista, ni tan siquiera al que está hablando en cada momento. Descubrirás detalles fantásticos en el conjunto de la escena. Incluso puedes divertirte descubriendo como trabajar entre bambalinas manejando el atrezo y los diferentes escenarios.

Te aseguro que encontrarás algo de tu interés si te relajas e intentas disfrutar del espectáculo.

Silencio... que empieza.
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Carlos Carome
Cuántas veces llega esa sensación en la que ves el tren alejarse de la estación. Cuántas veces se ve, una vez ya en la distancia, todo aquello que se lleva y que quizás ya nunca alcanzarás.

Cierto, es difícil darse cuenta de qué se pierde cada vez, sobretodo aquello que no es inmediato o que no se valora en su justa medida cuando se tiene la oportunidad.

Malas decisiones, reacciones demasiado drásticas, prioridades equivocadas, corto plazo por encima del medio plazo... egocentrismo, falta de visión.

Muchas pueden ser las causas que lleven a un mismo destino:

Ver cómo el agua se escapa entre los dedos, para tener sed a los pocos días.



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Carlos Carome
Se ha llegado a esta situación, después de demasiadas confrontaciones. Quizás no tantas, observado desde fuera y analizadas desde un punto de vista aislado del proceso reciente, pero el acumulado de la historia de cada una de las partes en situaciones similares ha hecho que la paciencia, la constancia y la capacidad para ceder ante el que está enfrente se vean bastante reducidos.


Se tiende a identificar problemas antiguos que anteriormente no se consiguieron resolver con síntomas actuales que aún no llegan a la clasificación de problemas. Se abandona la lucha antes de comprobar las dimensiones del ejército enemigo, y se cambia de canal sin llegar a ver qué programa están echando en ese momento, simplemente porque cuando se sintoniza están pasando anuncios.

Pocas ganas de repetir conversaciones pasadas con otros interlocutores, ninguna de vivir situaciones que se cree no llevarán a ningún lado, por experiencia.

En definitiva, la sensación de empezar a perder el tiempo se hace demasiado habitual, y cada vez aparece antes.

Ambas partes están de acuerdo. No más veces, si no es, es que no puede ser. O lo estamos forzando para que reviente más tarde, o acabaremos muy mal los unos con los otros por intentarlo.

Un ultimátum, la última oportunidad.

Si no, sólo queda la despedida.
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Carlos Carome
De nuevo se ha demostrado. La primera impresión no es válida, y una sonrisa rompe casi cualquier barrera.

Independientemente de la cara con la que te reciba y del significado que tú le des, devuelve una sonrisa y en el 90% de los casos cambiarás esa cara.

Muchas veces es respeto, otras auto protección, la mayor parte precaución. Pero sólo en algunos es soberbia, prepotencia y guardar las distancias.

Pruebalo. Si consigues esa sonrisa de vuelta, ganarás muchas cosas más.

Hoy, en un sólo día, con gente que probablemente nunca volveré a ver, he tenido un montón de buenos momentos.

A pesar de la primera impresión...


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Carlos Carome
Felicidades Culebrilla. Es tu cumpleaños y no puedo estar a tu lado, pero en realidad intentaré estar por allí aunque no me veas.

Yo me he ido de viaje muy lejos, pero te he  dejado algún regalito repartido por la casa:


  • El primero es tu profesión, tu pasión y tu vocación. Ese lo encontrarás en aquello que me acompañaste a comprar para nuestro último viaje juntos, en el que me disfracé.
  • El segundo es una de tus aficiones, por ser más concreto, una de las que compartes conmigo. Ese está escondido donde transcurren tus sueños cada noche.
  • Y el tercero y último es otra afición tuya. Te presento a alguien que me presentó Paloma ya hace un tiempo. Lo encontrarás debajo de la última luz que ves cada día.
Busca bien, y encontrarás.

Que tengas un feliz día. Muack


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Carlos Carome
Muchos años después de la última vez, volveré a subirme a un escenario (bueno en realidad no sé si habrá si quiera escenario, es un decir) para hacer música en directo.

Es un proyecto que hemos llevado más o menos en secreto, pero que dará a luz oficialmente el día 10 de Noviembre, en un estreno corto, reducido, y con muchos conocidos y amigos.

Estamos invitados por Miriam, fantástica organizadora desinteresada de fotoImaginaria, para acompañarles en la inauguración de su exposición resultante de las votaciones del concurso.

El evento, como digo, es el día 10 de Noviembre, en el Mercado de Puerta de Toledo, a las 19:30, y nosotros nos llamamos No License.



Foto original de AB


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Carlos Carome
Ruido...
Mucho ruido por todos lados...
Ruido de discusiones...
Ruido de enfrentamientos...
Ruido desorganizado...
Ruido orquestado...
Ruido por la espalda...
Ruido a conciencia...

Mucho jaleo ruidoso...
Cuando el orden falla, el silencio desaparece.
Últimamente sólo oigo ruido donde antes al menos había silencio.
Tres personas hablando a la vez, ninguna escuchando.

Al cabo del día lo único que queda es una gran jaqueca.
Y un desorden de ideas y de instrucciones.
Que sólo provoca más ruido...
... ruido en mi cabeza.
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Carlos Carome
Ayer asistí por la mañana a un acto de esos de entrega de diplomas al aire libre (más de 2.500 en este caso), rodeado de familiares de los protagonistas que se empeñaron en ir a coger sitio 2 horas antes, por lo que el asunto se convirtió en varias horas de pie como una vela.

Más allá del acto en sí, lo que marcó mi mañana (después de haber dormido poco la noche antes, debo confesarlo), fue el escuchar continuamente, por no tener otra cosa que hacer, la verdad sea dicha, las conversaciones sin contenido y la cháchara generalizada de los que estaban a mi lado.


Madres, tíos y abuelas nerviosas por la emoción del momento soltaban frases una y otra vez, totalmente sin sentido ni relación entre ellas, repetidas hasta la saciedad sin importar si alguien escuchaba o no.

Nunca he comprendido esa obsesión que tienen algunas personas por hablar, hablar sin parar, como si en realidad tuviesen pánico al silencio. Palabras, una tras otra, sin contar nada, repetidas, siempre las mismas, sólo por hablar. Supongo que por rellenar el silencio, por llamar la atención, porque alguien esté pendiente de ellos, por compartir algo de su vida, aunque no sea interesante en lo más mínimo, aunque en realidad sepan que no les están escuchando y que dentro de unos minutos la otra persona no recuerde ni una sola palabra de las pronunciadas.

Hablar por hablar, opinar de cosas que no conocen, sacar conclusiones absurdas por ver detalles que no significan nada, estar seguros de la razón de por qué alguien ha hecho algo o a decidido, explicar lo inexplicable, meter baza en cualquier asunto que les rodee...

Creo que hay gente que pasa demasiado tiempo a solas con la televisión...



cháchara. 
(Del it. chiacchieraen pronunciación infl. por ciacciare).


1. f. Conversación frívola. 
2. f. coloq. Abundancia de palabras inútiles. 
3. f. pl. Baratijas, cachivaches.


De la RAE
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Carlos Carome
Demasiados puntos débiles en la fortaleza, demasiada distancia entre las esquinas, muchas puertas y ventanas, multitud de posibilidades para que el enemigo intente entrar.


Y un sólo centinela tiene el encargo de proteger la construcción, entera, con todo su valioso contenido.

Responsable, encargado y sin posibilidad de renuncia.

Los demás se han ido, no van a venir a ayudarle, pero confían ciegamente en que cumpla su encargo, su cometido, su deber.

Pero no se rinde, conoce sus obligaciones y le enorgullece que hayan pensado en él para algo tan complicado. A pesar de todo, tiene momentos de pánico, oye sonidos por todos lados y hace semanas que no duerme. Sus manos tiemblan cuando levanta el fusil asustado porque cree que ha visto una sombra moverse... su cabeza ve fantasmas... sus piernas no responden con la inmediatez del principio...

Está en las últimas, pero sigue en su lugar. Le sigue quedando grande el encargo, pero jamás lo reconocerá.
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Carlos Carome

Estrategia

Una estrategia es un conjunto de acciones que se llevan a cabo para lograr un determinado fin. Proviene del griego ΣΤΡΑΤΗΓΙΚΗΣ Stratos = Ejército y Agein = conductor, guía.

Existe un barco, con varios patrones. Cada patrón tiene al cargo un conjunto de remeros. Dichos remeros tienen diferente suerte en función de quién sea su patrón: los hay que tienen un líder firme que les da claras indicaciones sobre el ritmo y la dirección. Los hay que se coordinan entre ellos debido a la falta de liderazgo, y los hay que simplemente se dedican a otras cosas, ya que su patrón prefiere ocuparse a otros menesteres, ya que el  barco sigue avanzando de todas maneras.

La clave es hacia dónde y cómo avanza el barco. En función del equipo que se ponga a remar en determinados momentos, se dirige hacia un lado, cuando es otro grupo el que toma la iniciativa, lo hace hacia otro. Como resultado, el rumbo es ligeramente caótico y desordenado, y en función del patrón al que preguntes, te dirá que el objetivo es llegar a un lado o a otro diferente.

Y lo peor de todo es que los patrones no hablan entre sí, o si lo hacen de otras cosas, pero no del rumbo a seguir, ya que sólo se dedican a azuzar a sus remeros para que remen con más fuerza que los de su rival, y si pueden, de vez en cuando, le peguen con el remo a alguno de los que rema hacia el otro lado...

Con este plan, ¿qué riesgos hay?. Pues está claro...

O SE HUNDE EL BARCO, O ACABA PERDIDO EN MAR ABIERTO...

Pero entre los remeros ya se cuchichea...."¿y si tiramos a alguno por la borda?"
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Carlos Carome
Me llama la atención, no lo puedo evitar, el que esté tan aceptado el hecho de que nos prohíban cosas por nuestro propio bien. Me explico.

El rollo de la seguridad antes de subir al avión, es un coñazo, pero está basado en que, si nos molestan a todos, impedirán que el descerebrado de turno lo tenga fácil para subir con armas o explosivos. Tiene lógica.

También está el caso en el que prohíban por encima de la media, sólo para impedir que unos pocos que están por debajo, la líen. El prohibir por exceso se ve todos los días (la forma más fácil de legislar y por la que cualquiera vale para gobernar) Ejemplos, prohibido beber en la calle, porque si no dejáis las botellas tiradas por ahí, prohibido que en esta carretera de cuatro carriles en línea recta durante 50 kilómetros circule nadie a más 120km/h, porque hay alguno que es un peligro y otros que tienen coches viejos...


Pero lo que es difícil de aceptar fríamente, es que te prohíban algo que sólo te afecta a ti, a nadie más que a ti. Por ejemplo, que te prohíban circular sin casco, o que hacerlo sin cinturón de seguridad. Es algo así como, si lo dejamos a tu elección, te vas a matar, que lo sabemos, así que te vamos a obligar a hacerlo, aunque sea tu propio problema... Así que es como si te obligasen a follar con condón, te prohibiesen beber más de dos copas, o no te permitiesen tener cuchillos en la cocina.

No pretendo discutir si está bien o está mal, tengo mi propia opinión al respecto. Lo que me sorprende es que se acepte tan fácilmente, es decir, que lo consideremos normal, y que nadie se plantee que "eso es mi problema, no el tuyo". Asumimos que el estado debe tener un papel "paterno" para con nosotros, que debe impedirnos hacer ciertas cosas aunque no le incumban, sólo por nuestro bien, simple y llanamente porque NOS CONSIDERAMOS IRRESPONSABLES O INMADUROS, en términos generales.

Y que nadie me salga con que lo del casco y el cinturón es para ahorrarnos dinero en hospitales, básicamente por dos razones:


  1. Entonces que prohíban fumar, beber, comer hamburguesas y los programas del corazón.
  2. Como me explicaron en la mili, es preferible herir al enemigo antes que matarlo, ya que así le obligas a gastarse dinero en médicos y hospitales en la guerra. Por lo mismo, si lo hacemos por dinero, mejor sin cinturón para que no queden heridos... 
Conclusión. Que parece ser que nuestra sociedad duerme mejor cada noche sabiendo que hay un Papi supremo que nos prohíbe cosas única y exclusivamente, por nuestro bien.


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Carlos Carome
Impresionado por sus maneras, por su profesionalidad, por sus ganas de hacerlo bien. Impresionado por su dedicación, su constancia y su preocupación porque las cosas salgan como tienen que salir.

Me fascina su suavidad, su sonrisa y su mirada, y me enternece su fragilidad, su delicadeza y su ternura.


Es un ser cautivador, hipnótico y poderoso, que puede desencadenar tormentas y apaciguar a las más temibles fieras.

Piensa, analiza, siente constantemente y siempre procura ocultar sus debilidades, por miedo a que las utilicen o simplemente se la menosprecie.

Lucha, pelea, hasta la extenuación, aunque muchas veces no esté segura de la victoria, simplemente porque está convencida de que es lo que tiene que hacer, porque para rendirse, siempre hubo tiempo, antes de llegar a intentarlo.

Por eso y por muchas cosas más, desde hace tiempo me tiene enganchado, y la sigo allí donde vaya.
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Carlos Carome
El título de este post, es una frase de una canción de Manu Chao.

Acostumbro a quedarme con algunas frases de canciones y libros, como enganchadas en mi cabeza,  darles mi propio significado y rodearlas de una historia personalizada.

Yo la interpreto de una manera muy personal, y en una ocasión que la utilicé como "mensaje de estado" en una herramienta de chat, alguien dio otra versión alternativa. Era alguien del mundillo de las motos, y directamente me preguntó si me había caído con la mía o algo parecido.


El sentido que le doy yo a esta frase es el de que, cuando te encuentras en un mal momento, ya sea bajo de ánimo, con problemas personales o cuando tu condición es de las más desfavorecidas, ya sea económicamente o laboralmente, cualquier cosa, por muy pequeña sea, que te suceda, te hace sentir el calor del abismo.

Cuando estás cerca de la total derrota, cuando andas por el borde del abismo con frecuencia, tienes la sensación de llegar a perder el equilibrio por última vez, y las llamas se hacen notar en tu piel casi como si te estuviesen tocando definitivamente.

Por el suelo, el infierno quema, y cuando casi no te queda nada que perder, tu mirada se desvía hacia abajo sin poder evitarlo, y es más difícil luchar contra ese impulso que el propio esfuerzo necesario para volver a coger la altura necesaria para separarse del averno.
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