Carlos Carome
No es por cansancio, ni por miedo a que se hunda. Es, simplemente, evolución.

En este barco he pasado la parte más importante de mi vida hasta ahora. Mi llegada a él fue un salto adelante, una mejora significativa de donde venía, y me acogió con toda su tranquilidad contagiosa, como a un hijo que vuelve cansado del trabajo.

Me ha ofrecido colores, verde, madera y azul.

Lo dejo como lo encontré, especial, singular en realidad, a nadie dejó indiferente. Me dio la luz, el cielo y me hizo sentir como un navegante solitario muchas veces.

Lo recordaré con cariño, otro manejará su timón.

Lo cambio por un yate blanco, lujoso, de varias plantas y muchos metros de eslora. Disfrutaré de una cubierta amplia y descubriré nuevos océanos.

Pero éste, el que dejo ahora, siempre será mi barco.
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Carlos Carome
He escuchado, en primera persona, testimonios estremecedores sobre cosas que han estado pasando en nuestro país, en los años 70 y 80, en instituciones regentadas por religiosas católicas y médicos sin escrúpulos.

He escuchado directamente de los afectados, cómo lo que se vendía como una obra de caridad, acabó convirtiéndose en un negocio despiadado.

He escuchado como esas personas, que siempre pregonan su vocación de difundir la palabra del señor, de educar a la gente en la diferencia entre el bien y el mal y que apelan a la humanidad en cada uno de sus actos, han estado robando bebés a familias humildes para venderlas al mejor postor.

Lo que en principio pudiese parecer una obra benéfica para ayudar a madres pecadoras que se quedaban embarazadas y que decidían entregar a sus hijos a familias que los pudiesen criar dignamente, haciéndose estos cargo de los gastos del parto, se fue conviertiendo en una auténtica historia de terror.

Al final ellas eran las que decidían qué madre merecía tener un hijo y cuál no, y no dudaban en informar a la madre de que el bebé había muerto para después entregárselo a otra familia.

No sólo eso, si no que empezaron a cobrar cifras astronómicas por "los servicios" de tres días de cama en el hospital para esas pobres madres, y a aquellas familias adoptivas que no podían pagar la factura que les presentaban (200.000 pesetas de la época), les ofrecían la posibilidad de una rebaja a cambio de que llevasen a otra embarazada al centro.

Así como suena. Una monja y un médico. De cuyas bocas los afectados con los que he hablado hoy recuerdan frases realmente "humanas", propias de la religión que predican "El chico está enfermo, pero si no te llega a casa vivo ven mañana que te damos otro".

Asco, rabia, repugnancia... pero más la dan los que desde los puestos actuales intentan tapar el asunto, e impiden a aquellos niños de entonces intentar encontrar a sus madres biológicas... incluso si no persiguen conseguir que todos aquellos hijos de puta acaben pudriéndose en la cárcel...

Afortunadamente muchos de ellos tienen ganas de montar bronca y rascar toda la mierda que haga falta, y yo estaré ahí para lo que haga falta.

¡¡¡Animo!!
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Carlos Carome
La improvisación es a veces un aliciente. Soy de esas personas que les gusta dejarse llevar en ciertos aspectos de la vida, sobretodo los relacionados con el ocio, y de los que piensa que la mejor manera de buscar rincones espectaculares es perderse y no mirar mucho el mapa.

Pero hay otras facetas de la vida en las que la improvisación como método es realmente una tocadura de pelotas.

En el trabajo, puede ser buena cuando está relacionada con la parte creativa, si tu trabajo la tiene. Improvisar con ideas frescas puede desembocar un algo importante. Pero improvisar cuando se está negociando, cuando se está planeando, o simplemente cuando se decide sobre qué hacer los próximos días, sobretodo si esa decisión involucra a otras personas, lleva a la desesperación, el cansancio y el agotamiento.

Cambiar los planes de vuelta de viaje de trabajo de manera obligada, perdiéndote el fin de semana en casa y trastocando todo lo que tenías previsto para recuperarte de un viaje largo y pesado como éste, convierte los próximos días en jornadas largas e insufribles.

Pasa a menudo, lamentablemente, y a ciertos niveles mucho más, pero ya fue una de las razones por las que abandoné uno de mis trabajos anteriores.

En aquella ocasión, me cansé de que me avisaran el viernes de que el domingo tenía que coger un avión.
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Carlos Carome
Los abuelos amenazaban con apuntarse a la excursión, nunca lo habían hecho, pero al final esperarán a una mejor ocasión. Quizás otra en la que sólo Papá y Mamá tengan previsto viajar, y no como ahora, con toda la prole detrás suyo.

Si, porque para este viaje vamos muchos. Papá se lleva a Mamá, aunque ha estado resistiéndose hasta el final alegando que Papá sólo se preocupa de sus cosas y no la cuida como antes. Pero también están apuntados a la fiesta Borjita, el niño mimado acostumbrado a recibir todos los caprichitos, Felipín, que se llevará toda su colección de capítulos de Star Trek para verlas una vez más, como todas las semanas, durante el vuelo en su portátil, y Pepín, que con su infalible gafe tendrá algún problema en el aeropuerto que hará que estemos a punto de perder el vuelo toda la familia.

Somos una familia que se apaña, no vamos a decir feliz, pero salimos adelante, o por lo menos lo hemos hecho hasta ahora. Papá y Mamá siempre se han llevado bien, y siempre hacen todo juntos, aunque ahora las obligaciones laborales seguramente les distancian un poco.

Se empiezan a barruntar problemas financieros en el núcleo familiar, si no salen bien algunas cosas que tienen todos entre manos, pero los abuelos empiezan a presionar con su típico discurso de "ya te lo dije yo, tú nunca me haces caso", ese discurso que siempre sueltan a toro pasado y que no hace más que escarbar más en la herida y no poner ninguna solución encima de la mesa.

Pero bueno, saldrá bien. Además, seguro que en este viaje nos lo pasamos bien, y tenemos que aprovechar, porque cuando al final se punte la tercera edad no volverá a ser igual. Ya os contaré.

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Carlos Carome
Estar de vacaciones es cogerte un libro, un Ipod repleto de música, y bajo un sol estupendo, hacer un recorrido de una hora y media en tren de ida, y otra hora y media de vuelta, para comer con una amiga, y que no te preocupe el tiempo que empleas en ello.

¡¡Y lo que se disfruta oye!!

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Carlos Carome
Dicen que para los coches no es bueno. Llegar al límite del depósito de gasolina, del espacio dedicado para la reserva. Que eso hace que se arrastre la suciedad que siempre hay dentro y que llega al motor, pudiendo estropearlo, no es recomendable apurar.... eso dicen.

Pero yo creo que en otras situaciones sí lo es. Mucha gente lo hace con el deporte, se desfogan, llegan al límite. Un esfuerzo extremo cada cierto tiempo hace que bajes a la humildad, al máximo de la vulnerabilidad, a vivir esa situación de no saber si podrás dar un paso más, a pensar que en ese momento cualquiera que decidiese aprovecharse de ti tendría las de ganar.

Al final, de alguna manera, queda una sensación de bienestar. Cuando las energías vuelven a recuperarse, el cuerpo toma una impresión de continua mejora. Cuando se descansa llegando agotado, el día siguiente parece más placentero. Quizás sólo es cuestión de contrastes.



A lo mejor eso nos sirve. Nos dedicamos a martirizarnos, a hundirnos, a agotarnos en un espacio de tiempo corto e intenso, para después sentir la recuperación, la subida, la vuelta a la tranquilidad.

Puede que sólo nos engañemos, pero funciona.

Tirarse de cabeza para poder volver a subir. Llevado a la inversa, escalar una montaña alta para después poder disfrutar de un salto impresionante, deslizarse por una pendiente de nieve o resbalar por un tobogán de agua.

Sufrir voluntariamente hasta el agotamiento, para disfrutar de la recuperación. Buscar el límite, y tocarlo con la punta de los dedos.
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Carlos Carome
Así estaré mañana por la noche... ;O)

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