Carlos Carome
Cada vez me encuentro más casos de gente que está acostumbrada a vivir rodeados de caos, en cualquiera de las facetas de la vida.

Ninguna previsión, ninguna capacidad de planificación, ninguna idea encima de la mesa, y sin ver que eso sea un problema. O mejor dicho, asumiendo que no tiene remedio y que cualquier intento de poner un mínimo de orden  acabará en otra pérdida de tiempo.

No tienen opinión, ni iniciativa, ni visión de futuro, y por lo tanto pocas ambiciones  y casi ninguna capacidad de tirar del carro. Se dejan empujar, por la corriente, por el viento, por el resto de los peatones, por cualquiera que a su alrededor marque una tendencia.

Siguen modas sin criterio, copian opiniones y todo lo que digan sus líderes o ídolos lo consideran no sólo incuestionable, si no también innecesario conocer las razones de su opinión. Dogma de fe.

Y sobreviven, de alguna manera, sobreviven. Quizás eso de dejarse llevar por la corriente es lo que les hace pasar, avanzar, aunque sin saber cómo ni hacia a dónde.

Mientras no contagien el caos, ni arrastren a nadie de la mano con ellos, es su problema.

¿O no?
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Carlos Carome
Hoy ha tocado en el curro pasar por el médico. Predestinados hace meses en día y hora en función de nuestro primer apellido, uno tras otro hemos pasado a visitar al que, antaño, solía llevar bata blanca.

El día anterior tenías que pasar a recoger el botecito para rellenar con las ganas de recién levantado, y que, en el plazo de tiempo que pasa desde que llegas a la oficina hasta que te toca consulta, la gente se las ingenia para camuflar su aspecto y su color de la vista ajena, y propia.

Una vez allí, risas en la puerta y comentarios sobre la escasa habilidad del enfermero de turno con la aguja, para poner nervioso al personal antes de cruzar la puerta. Varios eran los testimonios y las imágenes de días precedentes en las que se mostraban las secuelas del "simple pinchazo".

Te toca, entras, dos facultativos te esperan al otro lado de la mesa. A un kilómetro de distancia en pelota picada seríamos capaces de diferenciar al médico del enfermero, y más éste último, que parecía haber venido contra su voluntad a hacer ese trabajo por el que ha estudiado tanto tiempo, como un niño obligado a visitar a la tía abuela ingresada en el hospital.

Mientras el soso elige una etiqueta para tu botecito secreto, empieza el interrogatorio a ritmo de pasapalabra. Nombre, teléfono, bebes, fumas, operaciones, alergias, vacunas.... si vas concentrado y con las respuestas pensadas de antemano, puedes batir el récord absoluto y salir de allí en menos de 45 segundos. Eso sí, dependiendo de si el as de la vena perdida tiene que hacer uno o varios intentos para rellenar más botecitos con otro color muy diferente.

Algodón pertinente, camisa remangada, sales de la consulta con una sonrisa porque sabes que fuera tus compañeros están muy atentos a la cara con la que vuelves a aparecer por detrás de la puerta.

Pero esto no ha acabado ahí. Un par de horas después vuelves a pasar por el lugar. Primero "la alegría de la huerta" te vuelve a repetir esas preguntas sobre si fumas y bebes y tal (que parece tu madre el domingo por la mañana cuando estabas en plena adolescencia) sin mover prácticamente  los labios, pero como varias de ellas ya las has oído esa misma mañana, estás preparado y bajas tu mejor tiempo en el total de respuestas.

Después te hace el jueguecito ese de pon los ojos aquí que te puteo un poco. Hay variantes diferentes. Hoy hemos mirado circulitos de colores buscando números ("¿De verdad tenemos que repetir esta prueba? Soy igual de daltónico que el año pasado") y después la de agudeza visual, en este caso circulitos abiertos por un lado sólo. Se echó de menos la de los sonidillos  izquierda y derecha... iríamos mal de tiempo. Sí, si, que no me han medido a pesar de tener allí la maquinita, ¡¡que me lo ha preguntado directamente!!

Y por último, el rollo de quítese la camisa y respire hondo. Empiezan a pegar la oreja a tus carnes  y a palpar como si esperasen encontrar a alguien viviendo ahí dentro. Me pregunto si alguna habrá sido informada de que está embarazada por este mecanismo...

En resumen, la mayoría bien, y lo que estaba mal, como el rollo de los colores, pues vamos, que lo sabía hace años. No he sido premiado con la expresión de "tienes sobrepeso" como otros, pero básicamente porque le he dado yo mi altura y en la tabla le ha cuadrado bien "esa" altura con el peso que tenía.... ;O)

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Carlos Carome
¿Qué representa la primavera para vosotros? ¿Qué imagen se os viene a la mente cuando oís esa palabra?

Flores, luz, sol, mejores temperaturas, sonrisas...

Supongo que cada uno tendrá un conjunto de connotaciones asociadas a esa palabra. Las habrá malas, por supuesto, alegrías, malestar, migrañas, revolución hormonal...

Aparte del inmediato reflejo de color y luz que sea el tópico generalizado para la primavera, para mi siempre ha significado momento de cambio. Quizás no directamente el instante exacto donde tirar al a basura lo viejo y salir a comprar cosas nuevas, pero sí el momento en el que decides que ha llegado el momento de planteárselo.

Es como salir del letargo invernal, y tan pronto como renace la nueva generación floral, tu crees que comienza el año para ti y es el momento de plantarse los objetivos para los meses que quedan antes de que llegue el frío, el recogimiento y la serenidad.

Piensas en modificaciones, lugares a los que ir en verano, actividades que lanzar de manera estable, vicios o manías que abandonar, cambios drásticos laborales, personales, actitudes...

Bueno sí, para mi quizás empiece el "año" o el ciclo vital mínimo en estas fechas. Amanece en primavera, despierto en primavera y comienzo a moverme ahora.

Como todos los años.
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Carlos Carome
Hay dos formas de apreciar los efectos de la evolución en la vida.

El primer efecto es ése que se manifiesta en lo que nos rodea, en la tecnología y en la sociedad. Avances, novedades técnicas que dan servicios nuevos a la comunidad. A la vez, la propia sociedad se adapta a esas nuevas oportunidades, consigue mayor y mejor información, o más rápida, y modifica su comportamiento en consecuencia. Se podría decir que el gran ser que es la humanidad, aprende, coge experiencia, y evoluciona.

Por otro lado, está la evolución con respecto al humano como individuo, no como parte de una masa. Cada uno nos creamos nuestro propio camino y tomamos las decisiones que nos hacen tomar una dirección u otra en los cruces. De esa manera determinamos por dónde podremos circular, y evitamos rutas para siempre.

Quizás estas últimas decisiones son las que van formando el carácter, la personalidad, los valores, la ideología, la actitud contra la sociedad en definitiva. Y, de alguna manera, también nuestra relación con la evolución de la masa, la que se produce estemos o no estemos nosotros.

Como dos grandes placas tectónicas deslizándose en direcciones opuestas, cuando ambas evoluciones se rozan de manera contraria, se producen temblores, terremotos y grietas en la superficie. Los habitantes de los alrededores se ven afectados y muchos sufren sus consecuencias de manera drástica.

Cuando una de ellas es mayor, probablemente la resistencia que la menor oponga a su modificación la haga resquebrajarse y convertirse en escombros.

Hay ciertas personas que no aceptan la evolución de su entorno, de la mayoría, y no sólo no dejan que el resto disfrute de las novedades del pensamiento colectivo, si no que intentan que la placa tectónica que se mueve en sentido opuesto se detenga. Pero cuando es una mayoría la que piensa que se acabó el moverse en una dirección arcaica, anticuada e inútil, su resistencia puede terminar en temblores realmente peligrosos.

A mí me parece muy bien que haya personas que en su vida, esa que no nos afecta a los demás en nada, conserven sus creencias, sus ideologías y sus costumbres, por muy ridículas que parezcan cuando son expuestas a la luz. Quizás eso les aporte una sensación de seguridad que les sea suficiente para salir a la calle todos los días sin cagarse en los pantalones. Pero los demás queremos mirar hacia adelante, conversar entre nosotros de nuevas posibilidades y ver mundo. Desde el momento que somos la mitad más uno los que opinamos de la misma manera, la placa de mayor peso se moverá. Así que no conviene interponerse en su camino, por el bien todos.

Respeta, y respetaremos. Acepta que no llevas razón, escucha por una vez en tu vida, y de puertas para dentro de tu casa, haz lo que te de la gana. Pero si quieres vivir en esta comunidad, adáptate a la evolución.
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Carlos Carome
El día que te caigas del pedestal al que ya te subiste hace tiempo, te vas a abrir la cabeza.

No descansas. Día tras días nos deleitas con tu prepotencia, orgullo y sobredosis de autoestima, y nos ofreces un sinfín de ocasiones en las que admirar tu gran sabiduría y envidiar tu gran suerte.

De verdad, e hace difícil soportar ser un mierdecilla como nosotros estando a tu lado, bajo la sombra de tu impresionante porte y deslumbrados por la cegadora luz de tu grandeza.

Pequeños, diminutos, insignificantes nos sentimos los demás cada vez que entras allí donde estemos.

Nunca nos cansaremos de escucharte, de alabarte, de bendecir el momento en el que nos permitiste estar a tu lado.

Pero eso, ten cuidado, porque la hostia que te vas a meter un día como te caigas de ahí arriba va a ser de espanto.
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Carlos Carome
Ayer fui al FNAC. Es una de las experiencias más enriquecedoras que descubrí cuando me vine a vivir a Madrid. Eso de poder entrar en un edificio de varias plantas exclusivamente dedicado a la música y los libros, leyendo escuchando, descubriendo, recuperando, ... es increíble. Es difícil salir de allí sin llevarte algo, porque ¡está todo allí!

Ayer volví porque el sábado pasado vi algo, descubrí algo, y decidí ir a buscarlo. Sobre todo en libros, compro bastante por intuición. También lo hago por experiencia y recomendación, pero una gran parte los elijo tocando, mirando, sintiendo, leyendo su presentación...

El sábado pasado miré varios, pero sólo uno se quedó en mi memoria. Ni el título ni el autor, sólo una serie de rasgos concretos. En mi cabeza había una portada, de color rojo, presidida por la silueta en negro de una mujer vestida de traje. La sinopsis hablaba de un grupo de amigos que, después de varios años sin saber el uno del otro, se volvían a encontrar habiendo cumplido todos ellos los treinta.

Con esos pocos datos empecé su busca. Tapa dura, bolsillo, novedades... recordaba haberlo cogido de uno de los expositores cercanos al pasillo, no de la estantería. Dediqué varios minutos, casi media hora, pero no lo encontré. Empecé a sospechar que esas dos imágenes que me habían quedado en la memoria no pertenecían al mismo libro. El sábado anterior había "sentido" muchos de ellos, y quizás me marcaron dos aspectos de dos volúmenes diferentes... pero la portada no aparecía... y leí la trasera de muchos de ellos y no surgió aquella historia... claro, podía darle los datos a uno de los empleados (alguno de ellos parece que se ha leído todos los libros del edificio), pero creo que eso iba reñido con mi aventura intuitiva...

Así que me volví sin él. Lo perdí. Como si hubiese visto a una chica preciosa en el metro, hubiese pensado en decirle algo, y tanto lo pensé, que se bajó una parada antes que yo, y no la volví a ver nunca más. Y ahora incluso dudo de cómo era esa cara que me llamó tanto la atención.

No sé si hubo algún cambio en el inventario del sábado a ayer, pero no deja de resultar curioso como la mente almacenó esos dos datos, me hizo pensar que ambos pertenecían al mismo libro, mi libro, y no fui capaz de encontrar ni una sola pista de cuál podría ser.

No importa. Estoy seguro de que cuando vuelva por allí, me enamoraré de nuevo.
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Carlos Carome
Muchas mañanas, cuando salgo del garaje para ir a trabajar, veo pasear por mi calle un personaje curioso, que no deja de ser chocante en nuestros días.

Dicho individuo es un mayordomo, que viste de uniforme, aunque no de esos clásicos que vemos en las películas, de origen asiático, serio, y que pasea arriba y abajo de mi calle o un perro pequeño, estilo chiguagua.

No deja de ser una escena curiosa. Por supuesto que hay mucha gente que tiene servicio en casa, pero lo acostumbrado últimamente es alguna chica de Europa del Este o sudamericana. Un hombre y además asiático (me recuerda al que salía en James Bond que tiraba el sombreo ese afilado asesino, pero menos gordo) desata mi imaginación sobre cómo será quien lo tiene contratado...

Un hombre mayor, o quizás una mujer, con sangre aristocrática, que lee varios periódicos cada mañana, al que también le hace de chófer y cocinero. Te abre la puerta y te pregunta eso de "¿A quién debo anunciar al señor?"

Mi barrio seguramente alberga más de un individuo así, pero este pasea por mi calle, en concreto por mi calle...

Intrigado me tiene.
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