Carlos Carome
El traidor es un ser despreciable, que te sonríe cada mañana cuando te ve y te mete la mano en la cartera al mínimo descuido, que reclama aquello a lo que cree tener derecho y roba lo que no es suyo.

El traidor suele estar motivado, premiado, ya que el riesgo que corre es alto. El riesgo no solo incluye que se quede sin la posibilidad de seguir robando, si no que además perdería el acceso al sitio donde robaba.

El traidor es un ser pequeño, escurridizo, experto en el camuflaje y que se cree apto para el camelo de la gente. Presume de dotes de seducción y cuida su imagen, y eso a veces le delata, le hace destacar.

Según va aumentado la complejidad de sus robos, el traidor se va haciendo cada vez más pequeño, insignificante, camuflado detrás de su naturaleza baja y moral repugnante, va adquiriendo sus pequeños botines entre sombras y cloacas, para llevárselos a su nuevo Dios, ése que lo tiene pillado para siempre, en sus manos, bajo su bastón de mando.

El traidor se equivoca, piensa que así está mejor que nunca. Conserva lo que siempre tuvo, incluso reclama sus derechos, y además es mimado fuera de allí, recompensado. No puede tener más de lo que le dan.

Hasta que es descubierto, cazado, disparado en pleno asalto a la confianza de los suyos, con las manos sucias, saltando la valla. En ese momento la realidad le aborda. Descubre que era vigilado desde hace tiempo, que su poder no era tal, si no que simplemente ha ayudado a conseguir pruebas para su condena. Y es condenado. Y crucificado. Pero reclama la ayuda de su benefactor, de aquel que lo motivó al delito, de ése que lo recompensaba por su osadía y dedicación.

Pero el instigador ahora no asume responsabilidades. Su riesgo nunca estuvo claro, ya que jamás salió a la luz cuando aquello se ejecutaba. Desde atrás, siempre, le gritaba "Ánimo, valiente, eres mi preferido". Es más, no sólo no lo reconoce como uno de los suyos, si no que ¿Cómo va a cometer el error del que se aprovechó que cometiesen otros? ¿Cómo va a confiar ahora en un ser tan insignificante y rastrero como el traidor? ¿Va a poner en sus manos lo que ha conseguido robar?

Jamás.

Solo. El traidor está solo. Y crucificado. Junto a los ladrones.
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Carlos Carome
Hoy es uno de esos días que ha empezado con un sol impresionante, una sensación de luz y vida inmensa que copaba el ambiente, e incluso la cara de la gente.

Hoy es uno de esos días que ha acabado nublado, oscurecido por una masa que nos sobrevuela y que vuelve gris todo antes de que llegue la oscuridad.

Hoy es uno de esos días en los que al salir del trabajo me apetece buscar el tema apropiado en el Ipod, subir el volumen hasta que note las vibraciones provocadas por los altavoces en el asiento del conductor y apretar el acelerador hasta que notes que no diferencias si lo que te rodea son coches o piedras alrededor de la carretera.


Hoy es uno de esos días en los que sientes que no importa nada y que estás cansado, muy cansado, como para ponerse a pensar en soluciones.

Hoy es uno de esos días en los que crees que definitivamente las cosas tienen que cambiar, y que si no te pones manos a la obra no lo harán nunca.

Hoy es uno de esos días en los que no te molestarás en encender la televisión, e intentarás buscar la luz en esas páginas que han entrado por sorpresa en tu casa, esperando que te permitan conocer a alguien, descubrir otro punto de vista o simplemente identificar qué está saliendo mal mirado la vida de otro.

Hoy es uno de esos días en los que te preguntarás qué pasará mañana.
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Carlos Carome
Siempre se habla de que hay gente mala, o malas personas. Yo no creo que las haya. No creo que haya personas que intencionadamente se dediquen a hacer el mal al resto, sin que con ello no saquen ningún beneficio. Me niego a pensar que hay personas que simplemente odian al resto de la humanidad y se dedican a putear porque sí.

Creo que la gente hace daño a los demás porque no se da cuenta, porque no lo considera importante, porque tiene sentimientos de venganza, por rencor, por irresponsabilidad, por descuido... pero nunca de manera gratuita.

Cierto es que mucha gente lo hace tan a menudo que parece que lo hace con intención, pero en realidad no creo que sea así. Son estos entonces los que llamamos malos, mala gente.

Si esto es así, entonces todo el mundo es malo, porque en realidad todos nos descuidamos, nos equivocamos o acabamos sucumbiendo al rencor. Quien lo iba a decir: todos somos malos.

Ahora la cuestión es saber quién es más malo que los demás.
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Carlos Carome
Después de la música (tocada y escuchada), escribir, las motos y alguna que otra cosa más, he añadido una nueva afición a mi mundo del ocio.

http://picasaweb.google.es/carome2

De momento estamos aprendiendo para qué son todos los botoncitos, cómo mejorar a priori las tomas, cómo mejorarlas a posteriori y por qué unas nos impresionan unas más que otras cuando las vemos.

De nuevo Internet es una mina para aprender, pero claro, siempre y cuando seas capaz de centrarte en información organizada. Con un par de buenos enlaces, puedes encontrar toda la información necesaria para introducirte en cualquier tema.

Y claro, paciencia, y práctica, como en todo.

Alguna muestra de mis primeros pinitos

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Carlos Carome
Después de pasar varios días viendo lugares nuevos, conociendo gente fantástica y compartiendo y aprendiendo con ellos, después de disfrutar de la naturaleza, el mar, la montaña, las tormentas, después de levantarme todos los días descansado y acostarme con sueño, después de comer a la hora que apetecía y lo que me apetecía, después de dar largos paseos y subir y bajar por rocas y caminos, después de todo esto... vuelves a casa y te dicen que mañana todo tiene que volver a "la normalidad", a lo que es lógico, a lo que hay que hacer. Madrugar, trabajar "al menos" ocho horas, discutir, pelear, aguantar atascos, comer en 45 minutos...

¿Eso es lo normal? ¿Para eso estamos aquí?

Tenía un amigo en el instituto al que llamaban "El Niño", porque en la pandilla de su barrio era el más joven, aunque en realidad en el instituto, al ser repetidor, era el que más abultaba de todos. Aparte de ser mi principal proveedor musical en aquellos años locos (lo que se llega a vivir en pocos años de instituto...), también era una especie de iluminador ideológico, alguien muy maduro para su edad, y que no dudaba en entablar complicadas conversaciones con el profesor de filosofía o de ética que, al resto, al menos nos divertían.

En una de ellas, preguntaba al profesor de turno qué sentido tenía todo el plan de vida que nos explicaban allí. Debíamos estar en clase, dando lo mejor de nosotros, seis horas diarias, más las horas que de cada asignatura se esperaba que dedicásemos en casa cada día. Todo para luego ir a la universidad y currar bastante más, con objetivo de, unos cuantos años después, salir con un título que nos permita encontrar un trabajo digno, de al menos ocho horas al día, en el que empezaremos cobrando una miseria y poco a poco iremos ganando en dignidad.

Y todo esto hasta los 65 años.



Cierto, debíamos estudiar para después encontrar un buen trabajo. Ése es el objetivo. Estudiar para trabajar. Algo falla. ¿El objetivo en la vida es trabajar? Espero que no. Porque si es así somos gilipollas. Y si no es el objetivo ¿por qué nos dedicamos a ello tanto tiempo en nuestra vida?

Por supuesto que es lógico que por medio del trabajo tengamos lo que necesitamos, que no nos van a regalar nada. Pero que eso sea el centro del universo no tiene ningún sentido. Es como si todos los días fueses a disfrutar de una buena película o concierto y para dos horas de entretenimiento, a diario, hicieses cuatro horas de viaje de ida y otras cuatro de viaje de vuelta. No debería hacer falta trabajar tanto para conseguir tan poco, lo justo. El mismo caso que el sueldo de los deportistas. Dicen que hay que pagarles tanto a ellos porque son los que generan esas millonadas (¡más de 400 millones de euros anuales de presupuesto en el Real Madrid y en el Barcelona!). Reduzcamos los beneficios de esas operaciones comerciales por ley, y veremos si deben ellos cobrar tanto...

En definitiva, cosas que rechinan en vísperas de un lunes de vuelta de las vacaciones.

Mi amigo creo que no consiguió entenderlo. Entre esa confusión y la que le debió generar todo el hachís que se fumó en el instituto, decidió dedicarse a leer las cartas del tarot a la gente en las fiestas medievales de los pueblos vestido con una túnica, o por lo menos así lo encontré la última vez que lo vi.



¡Espera! Quizás no es que se le haya ido la pinza. Quizás es que ha conseguido vivir sin trabajar 8 horas al día 330 días al año y el estúpido sea yo...
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