Cuenta la leyenda que, cuando el pequeño extranjero llegó a la ciudad, nadie creía que su principal interés fuese la distribución de mercaderías. Antes de su llegada, los que informaban sobre su próxima incorporación a la comunidad, narraban sus virtudes como auditor de construcciones, siendo capaz de ayudar a los desesperados ingenieros en dotar de seguridad a sus edificios y puentes antes de ser utilizados por los clientes, ya que el índice de accidentes debido a defectos estructurales iba peligrosamente en aumento.
Hablaban de él como experto en técnicas llegadas del otro lado del mundo y en el uso de herramientas y artilugios de los que hasta entonces sólo se tenía noticia en la ciudad por medio de la literatura.
Pero cuál fue la sorpresa de todos al ver que, a los pocos días de sí, establecer su actividad como compañero de los ingenieros en la consecución de la seguridad debida, el pequeño extranjero empezó a desplegar por la ciudad sus pequeños puestos de venta de mercancías traídas de todo el mundo. Nadie se explicaba como podía atender semejante complejo comercial a la vez que cumplía con sus obligaciones en la construcción, pero cada vez su oferta era mayor.
Extendió tanto sus tentáculos de distribución por la capital, que el mismísimo Jesucristo (muy popular en aquellas fechas por la ciudad debido a sus teorías catastrofistas) tuvo que expulsarle de uno de los templos que él frecuentaba acusándolo de hereje y advirtiéndole de que si lo volvía a hacer tendría consecuencias.
Desde entonces mantiene su actividad paralela en la clandestinidad. Nadie sabe como llega hasta él la mercancía, dónde la guarda, cuánto saca con ello, si de verdad le merece la pena el tiempo dedicado... Son muchos los que aún reconocen conocer su oferta, recibir sus ofrecimientos y ser tentados por sus oportunidades.
Aunque ya no puedan verse como antes sus puestos callejeros con olor a incienso, repletos de artilugios extraños y traídos de otros mundos.
Hablaban de él como experto en técnicas llegadas del otro lado del mundo y en el uso de herramientas y artilugios de los que hasta entonces sólo se tenía noticia en la ciudad por medio de la literatura.
Pero cuál fue la sorpresa de todos al ver que, a los pocos días de sí, establecer su actividad como compañero de los ingenieros en la consecución de la seguridad debida, el pequeño extranjero empezó a desplegar por la ciudad sus pequeños puestos de venta de mercancías traídas de todo el mundo. Nadie se explicaba como podía atender semejante complejo comercial a la vez que cumplía con sus obligaciones en la construcción, pero cada vez su oferta era mayor.Extendió tanto sus tentáculos de distribución por la capital, que el mismísimo Jesucristo (muy popular en aquellas fechas por la ciudad debido a sus teorías catastrofistas) tuvo que expulsarle de uno de los templos que él frecuentaba acusándolo de hereje y advirtiéndole de que si lo volvía a hacer tendría consecuencias.
Desde entonces mantiene su actividad paralela en la clandestinidad. Nadie sabe como llega hasta él la mercancía, dónde la guarda, cuánto saca con ello, si de verdad le merece la pena el tiempo dedicado... Son muchos los que aún reconocen conocer su oferta, recibir sus ofrecimientos y ser tentados por sus oportunidades.
Aunque ya no puedan verse como antes sus puestos callejeros con olor a incienso, repletos de artilugios extraños y traídos de otros mundos.










