Absolutamente nada, eso es lo que has conseguido por tirar por el camino del medio, el fácil, el rápido, el sencillo. Sencillo para ti, pero ahora todo se vuelve aún más complicado. En lugar de arreglar, estropeamos más. Lo que parecía evidente, no lo es tanto, la solución a todos los problemas, seguramente origine muchos más nuevos y, ojalá no, más graves.
¿Y cuál será tu actitud ahora? ¿Has quemado tus cartuchos y te retiras? ¿No puedes hacer más?
¿Y qué hay del resto que dejas a tu paso? ¿Quién se hace responsable de eso? ¿Cuál es el plan ahora para que todo mejore?
Existen siempre muchas maneras de hacer las cosas, y los movimientos, en función de cuál sea su objetivo, definen las consecuencias que tendrán al final. Si se confunden los objetivos, pagan justos por pecadores.
Parece que no ha pasado nada, que todo sigue igual. Que simplemente lo has intentado y no te ha salido bien.
Pero si lo que intentas es alcanzar un fruto en lo alto de un árbol, y tu solución, en lugar de poner una escalera y acercarte a él, es tirarle piedras hasta que caiga por si sólo, corres el riesgo de estropear a golpes el mismo fruto, y que, lo que tanto dices desear, no caiga antes de que se haga de noche. Tú no pierdes nada, pero el fruto sale bastante mal parado.
Si hubieses acertado a la primera, todo hubieses sido fantástico. Plan perfecto. Pero los planes incluyen las situaciones adversas. Debemos ser responsables de nuestros actos, y saber que, si hace falta irse hasta el pueblo a por una escalera y cargarla hasta el árbol, habrá que hacerlo, con tal de no destrozar el resto sin conseguir nada.
Pero claro, para eso hay que tener claro que nuestro pequeño esfuerzo, el paseo hasta el pueblo, merece la pena, porque lo único que nos importa es el fruto del árbol, y además intacto. ¿O no?