Carlos Carome
En todo lugar, en toda casa, en todo alma, existe un profundo agujero llamado fracaso. Caer en ese agujero como consecuencia de los errores propios, puede tener consecuencias catastróficas, siempre dependiendo de la profundidad que tenga en el momento de la caída.


La sensación que produce verse una vez más en ese fondo a raíz de errores cometidos con reiteración hace ver, distorsionadamente quizás, sus paredes más altas, más lisas, más ariscas, y la luz que atenúa la oscuridad que lo domina, cada vez queda más lejos del fondo en el que te encuentras.

Además, si se ha logrado escapar de sus garras y, una vez fuera, no se preocupa uno de cubrir su boca, o, al menos, señalizarla e impedir que el accidente vuelva a suceder, de nuevo, quizás subjetivamente, su garganta se ensancha cada vez más, aumentando las posibilidades de que vuelva a tragar con más facilidad y más profundo.

Más fácil, más abajo, más oscuro.

Ese es el problema de la recaída: el fondo que se toca cada vez es más denso, más movedizo, más sepultador.

Llega un momento que las grúas son la única esperanza. Eso sí, siempre y cuando se pueda hacer oír la llamada de socorro más allá del abismo...
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