Carlos Carome
Durante unos cuantos años de mi vida, trabajé desarrollando simuladores de vuelo. Eran montones de ordenadores conectados entre sí y a una réplica de la cabina de un avión,  que se utilizan para entrenar a los pilotos antes de dejarles que jueguen con el juguete caro de verdad.

Parte del entrenamiento que facilitaba el aparato en cuestión era el de reacciones a situaciones de emergencia. Para ello, el instructor, desde su posición también llena de ordenadores y pantallas, simplemente tocando un botón podía empezar a putear al piloto que estaba siendo entrenado. Desde apagarle un motor, que le aparezca fuego en un ala o que empiece a perder altura sin explicación. Los pilotos tenían que haberse empollado antes el manual y reaccionar como estaba mandado para salvar su pellejo, y a ser posible, el juguete caro.

Pues bien, ya he explicado alguna vez que estoy convencido de que Dios no existe, y cada vez que pasa algo así me lo ratifica más. No sé quién será el hijo de puta que toca esa clase de botones en la vida real, pero hay que ser muy cabrón para hacer lo que hace, sobretodo cuando no hay procedimiento de emergencia que se pueda uno estudiar para estos casos.

¿Mala suerte? No lo creo. Para mí la mala suerte es que, de dos posibilidades malas, te toque la peor. Pero que un terremoto se lleve por delante  a tu familia el día que te ha tocado la lotería, es de ser muy hijo de puta.
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