Todos los cambios de ritmo, tienen algo bueno.
Normalmente, sean para aumentar la velocidad o intensidad, o para bajarla, representan un cambio de dirección, un romper con la rutina y la monotonía que hacen ver las cosas desde un punto de vista diferente. Incluso si el cambio ha sido a peor, siempre se puede sacar la lectura positiva de la experiencia y el conocer el otro lado de las cosas.
Tengo dos amigos que últimamente han sufrido ese cambio de ritmo, en direcciones contrarias. Ambos lo han materializado en el tema laboral, pero al final, el trabajo determina gran parte de nuestras vidas, por lo que el resto de su quehacer diario se ha visto afectado.
El primero ha pasado de una gran empresa a una mucho menor. Es un cambio que conozco bien, porque yo mismo lo viví en mis carnes. Normalmente el puesto en la empresa pequeña es más atractivo como tal. Mejor sueldo, más control de tu trabajo, posibilidades de promoción si todo va bien, contacto directo con la dirección... pero lo que se ve cuando se entra allí es lo que verdaderamente diferencia a una pequeña de una grande. El tamaño de los proyectos es menor, también el del los clientes, por lo que el margen es menor, el tiempo para hacerlos también y el presupuesto ridículo. Todo esto sumado es igual a estrés, mucho estrés. Lo que en una grande son 3 años aquí es 6 meses. Eso sí, con el mismo número de reuniones de jefes por encima tuyo.
El segundo, con el que he pasado hoy una tranquila tarde de terrazas por el centro de Madrid, ha dado el paso contrario. Ya salió de una pequeña para irse a una grande, pero en su caso no es el cambio de ritmo más significativo. Para él, ha sido dejar de trabajar para una empresa (un jefe, un cliente, unos objetivos anuales) para ser su propio jefe y repartirse él el trabajo y los objetivos. Ahora se levanta a la hora que quiere, trabaja las horas que necesita o le convienen y adapta su agenda según sus prioridades vitales. Disfruta de libertad para reunirse en terrazas y restaurantes, y no soporta la presión de un contrato de trabajo delimitado por horas.
Suena bien. Yo le veo bien. Pero hoy nos hemos planteado... ¿hasta cuándo? No porque quiera volver a su vida anterior, ni por asomo, pero tiene mi edad, y sabe que si no se plantea volver a una empresa en un plazo determinado, ya nunca lo hará.
Porque el paso atrás, el volver a cambiar el ritmo, coger la velocidad frenética de un trabajo regido por objetivos que no dependen exclusivamente de ti, es algo que no se puede hacer de 0 a 100 en 2 segundos. Cuando empezamos a trabajar o a hacer cualquier otra actividad, avanzamos gradualmente en nuestro ritmo, y al final podemos llegar a alcanzar nuestro tope.
Pero si dejamos de ir a la velocidad alta que nuestra mente nos permite al menos ocho horas al día durante una larga temporada ¿seríamos capaces de volver a subirnos al estrés de la vida diaria sin consecuencias?
Repito, yo le he visto muy bien, y algún famosete con quien hemos compartido terraza hoy, bastante mejor.
Normalmente, sean para aumentar la velocidad o intensidad, o para bajarla, representan un cambio de dirección, un romper con la rutina y la monotonía que hacen ver las cosas desde un punto de vista diferente. Incluso si el cambio ha sido a peor, siempre se puede sacar la lectura positiva de la experiencia y el conocer el otro lado de las cosas.
Tengo dos amigos que últimamente han sufrido ese cambio de ritmo, en direcciones contrarias. Ambos lo han materializado en el tema laboral, pero al final, el trabajo determina gran parte de nuestras vidas, por lo que el resto de su quehacer diario se ha visto afectado.
El primero ha pasado de una gran empresa a una mucho menor. Es un cambio que conozco bien, porque yo mismo lo viví en mis carnes. Normalmente el puesto en la empresa pequeña es más atractivo como tal. Mejor sueldo, más control de tu trabajo, posibilidades de promoción si todo va bien, contacto directo con la dirección... pero lo que se ve cuando se entra allí es lo que verdaderamente diferencia a una pequeña de una grande. El tamaño de los proyectos es menor, también el del los clientes, por lo que el margen es menor, el tiempo para hacerlos también y el presupuesto ridículo. Todo esto sumado es igual a estrés, mucho estrés. Lo que en una grande son 3 años aquí es 6 meses. Eso sí, con el mismo número de reuniones de jefes por encima tuyo.
El segundo, con el que he pasado hoy una tranquila tarde de terrazas por el centro de Madrid, ha dado el paso contrario. Ya salió de una pequeña para irse a una grande, pero en su caso no es el cambio de ritmo más significativo. Para él, ha sido dejar de trabajar para una empresa (un jefe, un cliente, unos objetivos anuales) para ser su propio jefe y repartirse él el trabajo y los objetivos. Ahora se levanta a la hora que quiere, trabaja las horas que necesita o le convienen y adapta su agenda según sus prioridades vitales. Disfruta de libertad para reunirse en terrazas y restaurantes, y no soporta la presión de un contrato de trabajo delimitado por horas.
Suena bien. Yo le veo bien. Pero hoy nos hemos planteado... ¿hasta cuándo? No porque quiera volver a su vida anterior, ni por asomo, pero tiene mi edad, y sabe que si no se plantea volver a una empresa en un plazo determinado, ya nunca lo hará.
Porque el paso atrás, el volver a cambiar el ritmo, coger la velocidad frenética de un trabajo regido por objetivos que no dependen exclusivamente de ti, es algo que no se puede hacer de 0 a 100 en 2 segundos. Cuando empezamos a trabajar o a hacer cualquier otra actividad, avanzamos gradualmente en nuestro ritmo, y al final podemos llegar a alcanzar nuestro tope.
Pero si dejamos de ir a la velocidad alta que nuestra mente nos permite al menos ocho horas al día durante una larga temporada ¿seríamos capaces de volver a subirnos al estrés de la vida diaria sin consecuencias?
Repito, yo le he visto muy bien, y algún famosete con quien hemos compartido terraza hoy, bastante mejor.




Un autónomo tranquilo?
Eso será al principio, cuando empiece a hacer cuentas, me cuentas
Besicos
aiii...creo que a mi tb me viene un cambio de ritmo, a ver...
muacks