Carlos Carome
La improvisación es a veces un aliciente. Soy de esas personas que les gusta dejarse llevar en ciertos aspectos de la vida, sobretodo los relacionados con el ocio, y de los que piensa que la mejor manera de buscar rincones espectaculares es perderse y no mirar mucho el mapa.

Pero hay otras facetas de la vida en las que la improvisación como método es realmente una tocadura de pelotas.

En el trabajo, puede ser buena cuando está relacionada con la parte creativa, si tu trabajo la tiene. Improvisar con ideas frescas puede desembocar un algo importante. Pero improvisar cuando se está negociando, cuando se está planeando, o simplemente cuando se decide sobre qué hacer los próximos días, sobretodo si esa decisión involucra a otras personas, lleva a la desesperación, el cansancio y el agotamiento.

Cambiar los planes de vuelta de viaje de trabajo de manera obligada, perdiéndote el fin de semana en casa y trastocando todo lo que tenías previsto para recuperarte de un viaje largo y pesado como éste, convierte los próximos días en jornadas largas e insufribles.

Pasa a menudo, lamentablemente, y a ciertos niveles mucho más, pero ya fue una de las razones por las que abandoné uno de mis trabajos anteriores.

En aquella ocasión, me cansé de que me avisaran el viernes de que el domingo tenía que coger un avión.
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