Carlos Carome
Llevabas tiempo dormido, quizás desde que te conozco, quizás desde antes de que yo llegase.

Ellos, a los que debía importarles, no se daban cuenta, o quizás sí, pero no llegabas casi ni a molestar. Simplemente estabas ahí, tranquilo, te echabas tus cabezadas, y no te metías con nadie. Después te ibas a tu casa, y tan tranquilo.

Pero los demás sí te veíamos, y nos resultaba raro, que te dejasen dormir y dormir. No es que nos diese envidia, nosotros no queremos dormir allí, pero la sensación era extraña, todos a lo nuestro, cada uno con sus problemas, y tú allí, durmiendo.

Algún día coincidí contigo, compartimos algunos momentos, y mientras el resto estábamos charlando sobre el tema en cuestión, tú... te dormiste. Entiéndelo. Es raro. Casi que incomoda. Sobretodo si me toca despertarte.

Te cambiaron de lugar, más arriba. No te dejaban dormir como antes. Cada dos por tres, alguien te hablaba. Y para colmo, te pedían cosas. Pero aún así, te buscaste un rinconcito muy tranquilo, apartado del mundo. Se tiene que estar a gusto allí, sin preocupaciones. Aislado. Conseguiste volver a dormir.

Pero el otro día te despertaron de un grito. Alguien se acercó a tu oído y te sacó violentamente de tu letargo. Y desde entonces corres desorientado, como un pollo sin cabeza por los pasillos, de despacho en despacho, preguntando a quien no debes, buscando soluciones.

Parece que ya es tarde. Mientras dormías el mundo avanzaba, y te has quedado bastante atrás. Por mucho que corras, alguien ha ocupado tu sitio en el vagón donde tú deberías estar.

Quien sabe. Quizás, tarde o temprano, pase otro tren, y te puedas subir a echar otra cabezadita.
votar