Carlos Carome
Desde el dolor más intenso, al miedo ilógico. Desde el calor del deseo animal, al frío exasperante de la desesperación. Desde la solidez de la verdad sincera, hasta la el tacto trémulo de un animal indefenso, maltratado.

Si nunca has escuchado detenidamente a Portishead, quizás no sepas de qué te estoy hablando. Descrito así quizás se puede pensar, desde la ignorancia, que hablo de una banda que toca diferentes estilos, agresivos y relajados. Nada más alejado de la realidad. Todo encaja, el disco es continúo, nada parece discordante.

Son la banda sonora de vidas solitarias, intensas por dentro, quizás insulsas desde fuera, incomprendidas, pero a la vez expertas, curtidas, seguramente desesperadas.

No hay espectáculo fuera de la música. Salen a regalarlo, a que veas que lo hacen de verdad, que no lo han descubierto mezclando combinaciones de teclas casuales. Les ves por dentro cuando interpretan, te imaginas de dónde ha podido salir cada canción, que sucedió en su vida para que lo plasmasen exactamente de esa manera.

Gibbons encarna la escena. Los demás decoran el fondo con sus instrumentos. Pero es su cara, la de ella, la que  te ayuda "ver" lo que canta. Esa postura, volcada, curvada sobre el micrófono. Como si te estuviese agarrando a ti mismo de las solapas presa de un ataque desesperado de pánico para explicarte lo que está pasando, pero ve que no eres capaz de entenderlo.

Si hace falta te lo susurra, se desliza por tu mente para impregnar con sus palabras cada rincón de tu cerebro y compartir así lo que hay dentro de ella, lo que siente ahora, que es un recuerdo de lo que sintió para crearlo.

Simplemente, déjate.






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1 Response
  1. emegotta Says:

    Ese dia, no sali (al igual que muchos otros) y tambien lo vi. No habia oido de ella, pero me gusto mucho.