Carlos Carome
Aquel pueblo permanecía abierto. Cualquiera podía entrar, por alguna de las carreteras que llevaban hasta allí, y pasar el día en él. La gente disfrutaba de su oferta de ocio, de su cultura, de la compañía de sus gentes, de sus instalaciones deportivas... La única condición que existía es que, todo el mundo que no era habitante del lugar, debía abandonarlo al anochecer. La noche era tiempo de meditación y de recogimiento. Sólo unos pocos llegaron a pasar noches allí, gente considerada especial y cercana.

Pero llegó un momento, cuando el pueblo empezó a ser más conocido, en que alguno de los visitantes causaba algún daño, que después costaba recuperar. Poco a poco esos actos fueron cada vez más frecuentes, y los habitantes del lugar acabaron reuniéndose para buscar una solución a aquello.

Acordaron hacer algunas modificaciones. Vallaron todo el pueblo, con una verja de alambre, que dejaba ver a su través. Pusieron puertas a las entradas por las carreteras, y gente controlándolas. En principio, todo el mundo podía seguir entrando como hasta entonces, pero quedaba registrado a la entrada, y en cada lugar del pueblo que visitaba durante el día, alguien estaba vigilando su comportamiento. Aquellos que causaban algún problema, encontraban en su siguiente visita que no tenían permiso para acceder a esa parte de la población donde se les vio molestar al prójimo. Si la historia se repetía en más lugares, o los daños provocados eran bastante importantes, se les denegaba el acceso total al pueblo, quedándose al otro lado de la verja.

La situación mejoró del todo, y los problemas eran atajados a la primera ocasión, minimizando los daños. La gente del pueblo seguía disfrutando de la compañía de los forasteros, y aquellos que se ganaban la confianza de los lugareños, llegaban a pasar noches entre ellos.

Pero apareció la irracionalidad de aquellos que se tomaban la prohibición de acceder a los lugares a los que el día anterior entraban sin problemas, como una usurpación de sus derechos, como una merma de aquello que  se merecían y no podía negárseles.

Fue entonces cuando, a instancia de sus vecinos, el alcalde colocó el siguiente cartel en las entradas al pueblo:

"Querido visitante. Si es la primera vez que vienes a vernos, te darás cuenta de que te recibiremos con los brazos abiertos. Nos gusta compartir nuestras horas del día contigo, y estamos seguros de que aprenderemos cosas nuevas de ti y nos aportarás momentos felices, así como creemos que disfrutarás de lo que podemos ofrecerte.


Pero no te equivoques. Este lugar existe, ha existido y existirá con o sin ti. La gente que aquí vive ha logrado crear una comunidad que sabe lo que quiere, y se siente a gusto consigo misma, por lo que no dudará en cerrarte la puerta cuando crea que tu aportación a su vida diaria es negativa de alguna manera.


Como comprenderás, las puertas están puestas para cerrarlas, pero desde dentro. En principio, para ti están abiertas. Disfrútalo. Bienvenido"
votar
1 Response
  1. Belén Says:

    Pues a mi me ha dado un poco de respeto, la verdad...

    besicos