Carlos Carome
Para los que venimos de mi generación, y seguramente para los de las posteriores, nos resulta chocante que se criminalice el humor, sea del tipo que sea, y que se intenten poner límites teóricos que supongan penas y persecuciones cuando se superen.

Hay diferencias claras entre el mal gusto (totalmente subjetivo) y el delito.

Nuestra generación creció con una libertad fabulosa. Teníamos la posibilidad, como una opción siempre, de entretenernos con libros de Stephen King en los que la gente sufría atrocidades, películas de exterminación global, juegos de ordenador que te permitían desmembrar humanos a golpe de recortada, cómics en los que aparecían mujeres forzadas, escuchar música de grupos de rock apocalípticos....

Visto así parece una crueldad. Un caldo de cultivo de futuros asesinos en masa, seres insensibles que no tienen ningún afecto por un semejante y que se divierten recreándose en la posibilidad de hacer daño al prójimo. Y aquí estamos. La generación que está tomando las riendas del País y de las empresas.

Y, aunque durante nuestra adolescencia se llevó al límite, siempre ha existido esa faceta de divertimiento con la desgracia ajena, pintada del color que se quiera para suavizarla, "animalizando" a los personajes, pero ahí estuvo siempre. Desde los trompazos de Charles Chaplin y Lauren y Hardy en sus comienzos, pasando por los Dibujos animados de La pantera Rosa o Tom y Jerry (como bien caricaturizan Rasca y Pica de Los Simpsons), hasta los chistes de Gangosos de Arévalo.

Sólo nos parece algo intolerable cuando nos toca de cerca. El resto es asumible. No nos preocupamos si a alguien le puede sentar mal.

Yo me considero un caso, quizás, extremo. Me declaro fan del humor de Louis C.K., Seth McFarlane y el más cercano Don Mauro. Siempre me ha parecido sano para mi "rabia interior" el tener a alguien delante que rompe la costra de la hipocresía de la realidad a base de palos bien dados. Sólo por entretenimiento.

Desde que se inventó el mando a distancia, todos somos capaces de filtrar los mensajes que nos llegan a nuestro antojo.

Por lo tanto, me parece una estupidez pedir que se castigue legalmente las estupideces simplemente porque estén disponibles para todo el mundo. Sería como llamar a la Guardia Civil cada vez que un borracho dijese mamarrachadas en un bar.

Live and let die.



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Carlos Carome
Vuelvo a oír lo de "el partido ganador", "la alianza de perdedores", y otras estupideces semejantes....

Y lo suelto aquí.

Unas elecciones democráticas no son una competición entre partidos para ganar un premio. No, no lo son. El que lo parezcan, es un mal necesario.

Unas elecciones democráticas son un ejercicio en el que una población tiene el derecho (si quiere ejercerlo) de manifestar sus preferencias sobre qué tipo de decisiones y basadas en qué prioridades se deben tomar por aquellos a los que les cede parte de sus derechos, para que los administren.

Esto significa que los resultados de unas elecciones democráticas reflejan, se supone, los deseos de las personas que han querido manifestarlos.

No son un puto concurso de Miss Universo. Nadie gana premios, adquiere obligaciones.

Es decir, tomando el ejemplo de mi ciudad natal, si de un censo de personas que pueden votar de cerca de 250.000, a ti te votan solo 11.000 más que al siguiente, y dentro de los que votan, son el doble los que han dicho que prefieren a otro antes que a ti, hay que ser bastante irresponsable para exigir derechos para dirigir a una población con los votos de una quinta parte de la misma.

Y pongo un ejemplo en el que la diferencia de votos es considerable entre el primero y el segundo, que si miramos la capital del reino, la diferencia entre primero y segundo es de 2,5% del total.

Pero vosotros seguid así. Hablando de vuestros derechos como ganadores, demostrando vuestro egocentrismo, vuestra ansia de poder, el interés individual por encima de todo, que los demás nos sentimos muy representados y confiamos enormemente en vuestra labor para hacernos más felices, regalándoos nuestro dinero y soberanía.


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Carlos Carome
Una de las razones de por qué nos vemos en semejantes lodos de corrupción y sinvergonzonería es nuestra aceptación de la mediocridad.

Y creo que va a más.

Estamos empezando a mezclar la tolerancia con la permisividad, la mediocridad con la normalidad.

Alguien que decide denunciar los excesos de los demás tiene mayor castigo social que el que roba, por norma general.

Ahora mismo, si hay un vecino que decide protestar a todo el que aparca en la acera, lleva el perro suelto o hace obras sin permiso, es condenado como antisocial e incapaz de vivir en comunidad.

Está mejor aceptado aquel que no se queja, que traga a los demás con sus carencias y su capacidad de joder al prójimo sin motivo, que el que se preocupa de no molestar cuando convive con otras personas.

Es decir. El objetivo de una persona en la vida no debe ser nunca más convertirse en considerado y respetuoso con los demás, si no en tener tragaderas para aceptar toda la porquería que le tiren encima.

Ya no es mejor el que menos ensucia o el que más limpia; lo es quien más mierda sea capaz de tragar sin rechistar. Ése es un ciudadano ejemplo y un buen vecino. Y sonríe.



Pues no acepto. 
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